miércoles, 6 de mayo de 2026

 Nuevo ensayo sobre mi largometraje "Quijotes negros"

LOS “QUIJOTES NEGROS”: CRISIS DE IDENTIDAD Y EL REFLEJO DE SER EL OTRO

 Pamela Villarreal

Universidad de las Artes, Ecuador

Juan Diego Andrango

Universidad de las Américas, Ecuador

Publicado en la revista indexada de la universidad de Sao Paulo, Brasil

BRAZILIAN JOURNAL OF LATIN AMERICAN STUDIES

Dosier: Entre imágenes, palabras y pantallas: desafíos, transversalidades y reinvenciones en el arte latinoamericano

Resumen: Este escrito aborda un análisis de la película Quijotes negros del director Sandino Burbano, quien, a través del recorrido de dos personajes, nos invita a realizar un ejercicio de introspección y a interrogarnos sobre nuestra identidad, y a encontrarnos en el otro como signo de sobrevivencia. Entre personajes de la literatura universal y la idiosincrasia —característica latinoamericana muy marcada, y por supuesto, ecuatoriana—, se nos devela y revela aún ese arraigo y resentimiento colonial que, sin duda, es palpable en las dinámicas sociales de nuestro diario vivir, y que complejiza todavía más el entendernos dentro de los conceptos que nos construyen, pero con los que también luchamos. Por supuesto, esta película rompe con las lógicas enajenantes, invitando a los observadores a reflexionar y sorprenderse, a entrar en una atmósfera onírica y a mirar a/en y desde esta periferia para contemplar esta realidad deformada: ese espejo que nos limita y nos alimenta diariamente, en el que se conjugan elementos excesivos y disímiles para armar el rompecabezas de nuestra identidad y memoria, con los rezagos —o no— de la colonización.

Palabras clave: Cine; Memoria; Identidad; Quijotes; Negros; Literatura

1. Introducción

La crisis de las identidades en América Latina no puede comprenderse sin referirnos a las estructuras de poder heredadas de la colonización, que siguen moldeando los cuerpos, los símbolos y las narrativas de la región. Desde el concepto de “colonialidad del poder”, Aníbal Quijano (2000) sostiene que la conquista impuso no solo un sistema económico y político desigual, sino un patrón de clasificación racial, cultural y epistémico que sigue vigente, organizando jerarquías de superioridad e inferioridad entre lo europeo y lo no europeo. Bajo este entramado, las identidades latinoamericanas emergen fragmentadas, atravesadas por la imposición de referentes ajenos y por la negación de memorias propias. Los sujetos racializados, mestizos y periféricos han sido configurados desde narrativas que les asignan un lugar de inferioridad o exotización, produciendo, en palabras de Walter Mignolo (2007), una “identidad negada”, donde lo propio solamente adquiere valor en función de lo europeo o del imaginario colonial que aún estructura los modos de ser y de ver.

En esta clave, el filme Quijotes Negros, dirigido por Sandino Burbano (2016), no se limita a recrear una relectura estética de la obra cervantina, sino que tensiona los procesos de construcción identitaria latinoamericana desde los márgenes y la exclusión. Los personajes, al desplazarse desde la periferia hacia el centro de Quito, encarnan esa búsqueda de sentido que, sin embargo, está condicionada por las imposiciones históricas de la colonialidad. No se trata aquí de proponer una comparación abstracta entre identidades, sino de leer cómo el filme se convierte en un espejo deformante de la realidad latinoamericana: Sancho desconoce su propio nombre y origen, el Quijote negro se apropia de un símbolo europeo desde la chatarra y el desecho, y la memoria colonial emerge como un peso latente. Así, la película revela que la identidad latinoamericana, más que un constructo fijo, es un territorio de disputa entre lo impuesto y lo propio, entre la memoria negada y la posibilidad de reescribir, desde los márgenes, los sentidos de pertenencia y representación.

Quijotes Negros es una película de ficción que se lanzó en 2016 con la producción de El Ojo Desnudo Films y bajo la dirección de Sandino Burbano. Fue parte de distintos festivales y ganó varios premios: entre ellos, Mejor Película Internacional en el Festival de Cine Fantástico de Mar del Plata, Argentina, en 2016; Mejor Película Nacional ex aequo en el IV Festival de Cine Latinoamericano de Quito (Cinefest), Ecuador, en 2017; Mejor Película, Mejor Película Extranjera, Mejor Ópera Prima, Mejor Película Underground y Mejor Película de Culto en el Los Ángeles Underground Film Forum, en 2017; Mejor Director en el AROUND Film Festival de París, en 2017; y Mejor Largometraje de Ficción en el VONLINEFILMFESTIVAL de Italia, en 2022. Este es un filme experimental que se arma desde los márgenes, con personajes que pertenecen a la periferia, a lo excluido. Burbano, desde su estética y narrativa, busca jugar con los discursos hegemónicos. Sostiene que “el lenguaje cinematográfico es una expresión que lleva intrínseca una actitud poética. Una intención reflejada en la estética visual y sonora de una historia sobre colonialismo y mestizaje” (BURBANO, 2017). Esta película mezcla elementos barrocos, fantásticos, disonantes y poéticos; en palabras de Burbano, su estilo es surrealista, pero no desde la estética en sí misma, sino desde la acción. En palabras del jurado que eligió a Tomás Tipán como Mejor Actor de Reparto en el Festival Internacional de Cine de Madrid (FICIMAD), Quijotes Negros es “un festín para los sentidos como un denso opiáceo de ensueño, lleno de atrevidos detalles extravagantes”.

La narración parte cuando un enano, quien juega con una pelota casi más grande que él, observa a un hombre gordo, llamado Sancho, y se acerca a ofrecerle sus servicios. Luego de una corta charla, acuerdan encontrarse la semana siguiente en Quito, en la iglesia de San Francisco, para conseguirle ahí una esposa a Sancho, pues, al parecer del enano, a su amigo le hace falta alguien que cuide la casa. Ya en Quito, Sancho queda prendado de un par de mujeres que están en la iglesia, así que, por la noche, arreglan todo para poder raptarlas y fugarse con ellas a la playa. Ya instalados frente al mar, los hombres acuerdan los preparativos para la boda de Sancho. El enano va al pueblo para buscar telas para los vestidos de las novias y se entera, a través del noticiero, de que las dos mujeres que raptaron son la reina y la princesa de España, lo que lo motiva a pedir un rescate por ellas.

Simultáneamente, en la casa frente al mar, aparece un pintoresco don Quijote y Sancho, sorprendido con su traje, le ofrece pasar. La llegada de esta figura viene a trastocar todo, pues las mujeres se acercan a él y esto genera celos en Sancho. Ambos personajes incluso llegan a batirse en duelo para decidir quién se queda con las mujeres, pero el encuentro termina en un empate. Mientras tanto, los representantes del gobierno ecuatoriano y español arman operativos para dar con los raptores. En un segundo reto, el Quijote gana a las mujeres y Sancho, derrotado, pide su ayuda. La decisión del Quijote de cederle a la reina lleva a que ella, en un ataque de nervios, se suicide. Finalmente, las autoridades dan con el enano y lo matan. El Quijote se encuentra a la princesa y procura calmarla; en esto recibe, por la espalda, un ataque de Sancho. La mujer, para defender al Quijote, golpea a Sancho y, sin querer, lo mata, así que ambos huyen. Hacia el final, se ve que la princesa, embarazada, vuelve a la casa de la playa en compañía del Quijote, por quien decide renunciar a la corona.

A breves rasgos, esta es la historia que se narra en el filme. A decir de Sandino Burbano, su director, la película “tiene el género de la tragicomedia, con un aliento de farsa muy fuerte” (BURBANO, 2017). Según Alemán, Burbano “construye su película sobre trompe l'oeils, anamorfosis y construcciones retóricas. Desde ese artificio, un único punto de vista se presenta imposible (...). Esa identidad que construye la pantalla no es otra cosa que artificio desbordado, alejado de toda esencia” (ALEMÁN, 2019). Así pues, la propuesta de Burbano juega con una estética que se separa del realismo y roza lo fantástico. Pero más allá de esa suerte de poetización de lo cotidiano y lo onírico, en este acercamiento nos interesa poner la mirada en aquellos aspectos que interpelan al modo de vernos y representarnos como ecuatorianos, además de cuestionar la forma en la que se percibe lo otro. Para ello, partiremos de un hecho básico para entender lo latinoamericano: el mestizaje. A través de esta realidad, procuraremos reflexionar en las figuras protagónicas del filme para aventurar algunas posibles interpretaciones sobre la construcción identitaria, comprendiendo que los cuerpos de los actores expresan las fracturas y contradicciones de la identidad latinoamericana atravesada por la colonialidad. El personaje Sancho encarna al mestizo racializado y excluido; el Quijote, interpretado por un actor afrodescendiente, subvierte los imaginarios eurocéntricos; y el enano, desde su corporalidad marginalizada, visibiliza la periferia social y simbólica. Juntos representan los sujetos subalternizados que configuran la complejidad étnica y cultural de América Latina.

2. El mestizaje y el subalterno a través de símbolos

Quijotes negros es una película experimental que genera una sensación de extrañeza, tal vez justamente por la atmósfera que envuelve a la historia. En ella podemos encontrar varios elementos simbólicos. El primero que mencionaremos será el animal desproporcionado y extraño que Sancho vende, pues podría hacer referencia a las Crónicas de Indias y al modo en el que la mirada europea relató lo distinto de los territorios “descubiertos”, para construir así lo latinoamericano desde su visión. García Márquez se refirió a ello en 1982, en La soledad de América Latina, su discurso de aceptación del Nobel de Literatura.

Este pollo con cabeza de cerdo que Sancho intenta vender en su improvisado puesto de carnicería funciona como una reflexión sobre el mestizaje. El cerdo fue un animal traído en el segundo viaje de Colón a América, mientras que el pollo parece haber llegado a territorio americano mucho antes, en un viaje de polinesios que habrían visitado el territorio de lo que actualmente es Chile (LA NACIÓN, 2007). Al margen de si uno es español y el otro no, la sola imagen de la combinación de estos dos animales tan distintos en proporción constituye en sí un elemento disonante que nos lleva a reflexionar acerca de la mixtura: una mezcla desproporcionada, una suerte de injerto en el que, por fuerza, se unen elementos muy distintos. Lo curioso es que, a pesar de lo llamativo y disímil del animal exhibido, ninguno de los transeúntes se detiene a darle una mirada; esta rareza pasa desapercibida, tan olvidada como la presencia del mismo Sancho. Esto abre paso al cuestionamiento de si se trata de una figura tan cotidiana que deja de observarse, o si se trata de una invisibilización, de alguien que no quiere ser visto y, por tanto, se ignora. Las propuestas del filme parecerían inclinarse hacia lo segundo. Tanto Sancho como los animales que vende son, en gran medida, esa parte del mestizaje que no se quiere ver y sobre la que se reflexiona en el filme, pues ofrece la oportunidad de repensar en la memoria, el modo en el que se construye y su potencial transformador.

Desde esta perspectiva, el filme expone de forma simbólica los efectos persistentes de lo que Aníbal Quijano (2000) denomina la colonialidad del poder, entendida como la estructura social, política y cultural heredada de la conquista y el colonialismo, que sigue organizando jerarquías raciales, epistémicas y económicas en América Latina. La representación de personajes marginales y periféricos que encarnan de forma distorsionada los íconos de la cultura dominante, como Sancho o el Quijote, pone en evidencia cómo la identidad latinoamericana ha sido construida desde lógicas coloniales que niegan, invisibilizan o distorsionan las subjetividades propias, desestabilizando la imagen idealizada y blanqueada de la identidad latinoamericana. La mezcla forzada, la estética de los cuerpos excluidos y los discursos cruzados entre lo local y lo europeo que se despliegan en la película son manifestaciones directas de esa colonialidad que, como señala Quijano, no terminó con la independencia formal, sino que se perpetúa en la forma en que nos miramos, nos nombramos y nos relacionamos, reproduciendo sistemas de poder que siguen subordinando lo indígena, lo afrodescendiente y lo mestizo fuera del canon eurocéntrico, como menciona Ríos:

El análisis de las obras dedicadas a reconstruir la memoria se convierte así en un ejercicio de la memoria y, como tal, partícipe de una ficción compatible con el afán de conocimiento. Los caminos de la investigación y la creación confluyen en un objetivo: el cuestionamiento de nuestra identidad frente a las múltiples tentaciones de una reafirmación. Tal vez esta disyuntiva sea la línea divisoria entre el pensamiento progresista y el reaccionario; las demás líneas, supongo, se traspasan con la facilidad de la conveniencia hasta provocar el estupor del observador. (RÍOS, 2014, p.24).

Hay otro elemento que llama la atención sobre la misma temática: este mestizaje forzoso. Se trata de una rosa que Sancho, rústica y torpemente, quiere injertar con un girasol. Esta escena tiene como marco un terreno árido, ventoso y polvoriento, en el que ambas flores se yerguen frágiles y solitarias. Cuando el enano ve a Sancho cortando las flores y uniéndolas con cinta al tallo de la otra, elogia el trabajo y le dice: “Hasta me parece que me hubiese leído los pensamientos. A mí también me gustaría cambiar ciertas cosas, pero no todo me gusta” (BURBANO, 2016). Ambos sujetos distintos, esos dos otros, se identifican desde su exclusión y se entienden. No encajan, al igual que esos injertos desproporcionados con los que Sancho estira hasta el sinsentido las posibilidades de la realidad.

Simbólicamente, el sitio en el que se encuentran estos dos personajes es el umbral de la puerta: una puerta destruida que solo tiene travesaños. El uno está adentro y el otro observa desde afuera, pero ambos están excluidos, ambos son periferia, y juntos deciden introducirse en el centro, ir a la capital y encontrar ahí lo que les falta. Por ello, RÍOS menciona:

La memoria y la identidad se configuran con estímulos de diversa procedencia, incluida la imaginación. [...] El deseo de los espectadores y lectores que pretenden asomarse al pasado se circunscribe a los límites de un acto circunstancial. No debe confundirse, pues, con el afán de conocimiento para sustentar una memoria histórica como dimensión del presente. (RÍOS, 2014, p.11).

Se trata, entonces, de dos sujetos marginales que, en un viaje de búsqueda, descubrirán quiénes son y qué papel juegan. Lo más interesante es que invitan al observador en esta mirada, que nos asoma al pasado como un hecho histórico, a resignificar a través de la imaginación.

3. La identidad: construyendo con fragmentos

La construcción de la identidad parte del reconocernos, y este proceso, a su vez, empieza con el nombre propio. Ante la pregunta ¿quién soy?, la respuesta a la que recurrimos instintivamente es el modo en que hemos sido llamados; no existimos fuera del lenguaje, sino a partir de él, como propone Wittgenstein (MARTÍNEZ FARRERO, 2017, p. 156), quien continúa:

El ser humano como sujeto es inalcanzable a la comprensión, a la definición u objetivación. Todo cuanto se diga de él hará referencia a los atributos que les son propios como sujeto, es decir, a su subjetividad. Pero la subjetividad de un sujeto no es el sujeto. Del sujeto, estrictamente, sólo puede decirse una sola cosa: su nombre propio. (MARTÍNEZ FARRERO, 2017, p. 155-156)

El nombre es entonces aquello que nos posibilita ser y unifica una serie de características que nos constituyen. En el filme, el enano le pregunta a Sancho: “¿Cómo mismo se llama usted?” (BURBANO, 2016), y este le responde que desde pequeño lo llaman Sancho, aunque no sabe por qué, y confiesa que no se ha preocupado por averiguar las razones por las que lo conocen así. Esto implicaría que se trata de un personaje construido exclusivamente desde la mirada del otro, sin indagar en su autopercepción; es un sujeto que se desconoce a sí mismo, alguien que debe llenarse de sentidos para descubrirse. En este punto, la figura de Sancho se conecta con la crítica de Baltasar Fra-Molinero (1996) sobre la forma en que los imaginarios heredados de la esclavitud y la expansión colonial hispánica han construido la identidad racializada desde el lugar de la subordinación. Tal como Fra-Molinero sostiene al analizar las representaciones del negro en el teatro del Siglo de Oro español, el sujeto racializado, mestizo o afrodescendiente es situado simbólicamente en la ignorancia, la marginalidad y la falta de autodefinición. Sancho, desprovisto de conciencia sobre su propio nombre y atrapado en una narrativa que lo nombra desde afuera, encarna esa exclusión histórica en la que el "otro" solo existe a partir de los relatos dominantes, pero no desde su propio reconocimiento. De esta forma, Quijotes Negros actualiza y tensiona esos discursos coloniales al exponerlos grotescamente, obligando al espectador a confrontar las raíces profundas de las identidades impuestas y fragmentadas en Latinoamérica. De hecho, la propuesta del enano de ir a Quito para buscarle una esposa es la invitación a salir del aislamiento en el que vive para encontrarse e indagar sobre quién es y qué supone llamarse Sancho. Esto ahonda más en una profunda y necesaria reflexión en búsqueda de la reorganización y despolitizada mirada, del sentir, del ver, del que hacemos, para:

…la re-valorización de los “verdaderos” derechos que pertenecen a los in-visibilizados y al “pueblo de a pie”, construyendo desde nuestra frente, nuestra memoria, reconociendo, asumiendo y reflexionando el camino de nuestra rebeldía y la re-evolución, proceso que se ha desarrollado diacrónicamente y de dónde parten las preguntas de ¿Quién soy?, ¿Quiénes somos? (ANDRANGO, 2021, p. 28-29).

Un detalle que nos llama la atención es que Sancho desconozca el referente literario con el que comparte el nombre; ignora por completo la historia de El Quijote. Así pues, cualquier paralelismo con el escudero deberá hacerse, en primer momento, por parte del observador y, en segunda instancia, desde la mirada de los otros personajes, pues ellos tienen ese contexto que para él es completamente ajeno. La primera mención directa a Sancho Panza se da cuando la reina y la princesa de España deciden hablarle para reclamarle, diciendo que no merece llamarse Sancho, pues él fue un hombre bueno. Nuestro personaje no comprende y solo atina a preguntar quién es ese Sancho del que hablan y al que no se parece. ¿Qué implica este desconocimiento del referente literario y el hecho de que nunca llegue a saber de él? En este sentido, Elizeu Clementino de Souza (2015, p. 273) menciona que: “la memoria se inscribe como una construcción social y colectiva y se vincula a los aprendizajes y representaciones advenidos de la inserción del sujeto en sus diferentes grupos y dinámicas sociales”.

El carecer de este contexto podría suponer libertad, pues al no tener preconceptos, no tiene que ajustarse a nada: puede ser simplemente él, un individuo que se construye desde sus subjetividades. Por otra parte, quienes tenemos el referente literario comparamos a ambos personajes, tratamos de incularlos de algún modo, buscamos semejanzas o diferencias en ellos. Es como si el nombre obligara al sujeto a ajustarse a él. Entonces, ¿quién es el Sancho de este filme? Un hombre gordo, primitivo e ingenuo que secuestra a dos mujeres de las que se enamora sin conocerlas, y con las que pretende casarse. Se opone al personaje cervantino, pues no es práctico ni locuaz, sino soñador y reservado; tampoco tiene mucho sentido común. De hecho, no se preocupa por entender el mundo: para eso tiene al enano que lo acompaña. Se parece, eso sí, en la simpleza, en ser un hombre de campo. De algún modo, es como si Sancho encarnara al latinoamericano, ese Calibán del que nos habla Fernández Retamar (1971), que no mira desde el eurocentrismo: es ese otro sufrido y explotado que se rebela ante la dominación.

En contraste a Sancho, aparece un personaje que se presenta a sí mismo como Don Quijote, aunque este tampoco calza con la expectativa de la mirada eurocéntrica. Su armadura está hecha de chatarra: en ella confluyen tapas de ollas, sartenes, un pedazo de una placa de auto en la que se lee Ecuador y hasta un cangrejo; a modo de yelmo, usa un balde viejo atado con cuerda a su cuello, y su escudo es una jaula en la que lleva un loro. Además de esta pintoresca indumentaria, es afrodescendiente.

Cuando ambos personajes se conocen, el Quijote entiende inmediatamente lo inverosímil de la situación que los une y lo ilógico de encontrarse así con un Sancho, y ríe a carcajadas. Pero este último, una vez más, no tiene el contexto, y en esta ocasión, esto no solo implica carecer del referente, sino además desconocer al otro o lo que representa, así como también el impacto que tiene en la construcción de su propia identidad marginal.

En este aspecto, ambos personajes se oponen, pues mientras Sancho fue llamado así, Don Quijote eligió ese nombre y decidió convertirse en él. Lo que implica renunciar a su ser e identidad para adoptar el imaginario de un personaje: transformarse, aun sabiendo que nunca podrá lograrlo por completo.

La escena en la que se encuentran Sancho y el Quijote presenta un guiño al observador, pues la toma se hace desde el reflejo en el espejo, con lo que tenemos otra capa de ficción que se suma a las existentes. La imagen, la representación y la identidad constituyen ese espacio en el que nos vemos, aunque no siempre nos reconozcamos: se trata de una construcción poblada de subjetividades, en la que confluyen el cómo nos ven, pero también cómo nos autopercibimos. No se trata de una realidad, ni de algo fijo; Mulvey reflexiona al respecto y sostiene que:

[…] Resulta importante el hecho de que sea una imagen la que constituye la matriz de lo imaginario, del reconocimiento/reconocimiento erróneo y de la identificación y, en consecuencia, de la primera articulación del “yo”, de la subjetividad. Se trata de un momento en el que una previa fascinación por la mirada (dirigida al rostro materno, por poner un ejemplo obvio) colisiona con los primeros indicios de autoconsciencia. De ahí que el nacimiento de la relación amor/odio entre imagen y autoimagen haya encontrado tal intensidad expresiva en las películas y tal reconocimiento gozoso entre el público. (MULVEY, 2001, p.369)

El recurso de la reproducción de la ficción se utilizará en otras ocasiones en el filme. En todas ellas hallamos al Quijote y a Sancho como protagonistas, desencontrados, luchando por cuál de ellos podrá quedarse con las mujeres. De hecho, luego de que el primer duelo, en el que ambos personajes se enfrentaron a golpes —cada uno con un guante de box— fracasara y terminara en empate, Sancho sugiere al enano un nuevo reto, que esta vez consiste en encontrar un objeto. Es precisamente el espejo de la casa el elemento que se decide esconder.

Cuando Sancho descuelga el espejo para entregárselo al enano, ni siquiera se mira en el reflejo: es como si fuera incapaz de verse a sí mismo. Siguiendo a Mulvey (2001), el no mirarse implicaría una incomodidad ante lo que se refleja, y esa sería la función del cine de ficción del distanciamiento: generar una ruptura, no ajustarse a las expectativas, posibilitar nuevas narrativas. En este sentido, señala que:

[…] Es preciso atacar la satisfacción y la potenciación del yo característicos de la historia cinematográfica hasta hoy; pero no para reconstruir un nuevo placer, que no puede existir en abstracto, o un placer intelectualizado, sino con el objeto de abrir camino a una negación total del sosiego y la plenitud del cine narrativo de ficción. La alternativa es la emoción que proviene de dejar atrás el pasado sin rechazarlo, trascendiendo formas obsoletas o restrictivas, o atreviéndonos a romper con las expectativas placenteras normales, a fin de concebir un nuevo lenguaje del deseo. (MULVEY, 2001, pp. 366-367).

También resulta interesante el hecho de que las mujeres que llaman la atención de Sancho sean precisamente las extranjeras, pues, aunque en la iglesia ve a varias muchachas, no le atraen, tal vez porque le resultan semejantes. En cambio, las dos mujeres que elige son rubias, de ojos claros, llevan ropa colorida, un modelo alejado al estereotipo del mestizo ecuatoriano.

Y aunque para Sancho sea solo admiración ante lo distinto aquello que despierta su atracción y amor, para el enano la perspectiva cambia al enterarse de que se trata de la reina y la princesa de España, porque aquello implica la posibilidad de subvertir el poder. Así que decide sacar provecho y pedir un rescate, y para ello hace alusión a todo el oro que fue robado por los conquistadores españoles al Reino de Quito.

No se trataría entonces de un pago de rescate como tal, sino que resultaría un acto de justicia y reivindicación que se fundamenta en la memoria histórica y busca reparar una injusticia estructural, pues lo que exige es la restitución de lo que España había robado. Sobre esta postura de los personajes y su materialidad, Nichols menciona:

Es posible que nuestro acceso a la realidad histórica no tenga lugar únicamente a través de representaciones, y en ocasiones estas representaciones pueden parecer más dispuestas a morderse su propia cola que capaces de garantizar la autenticidad de aquello a lo que hacen referencia. Ninguna de estas condiciones, sin embargo, excluye la persistencia de la historia como una realidad con la que tenemos que vérnoslas. (NICHOLS, 1997, p. 36).

El enano genera entonces la posibilidad de reorganizar el hecho histórico, trae a la memoria el saqueo de la Conquista, el modo en el que nos ha sido narrado, el discurso que se ha construido en la memoria del pueblo y el tiempo que hemos cargado con él a cuestas. La diferencia es que, en este instante, es él, un mestizo marginado e invisibilizado, quien tiene el poder de la autoridad y del Estado, lo que nos permitiría reflexionar que:

[... ] Una de las consideraciones sobre el trabajo de memoria, hay que referirse la retórica oficial sobre la muerte, la impunidad intentó e intenta “hacer desaparecer” las huellas en un relato unívoco que se impone a través del miedo, la manipulación y la imposición de un discurso de “poder” organizado desde la lógica de “ordenar” los hechos. ¿Cómo y quiénes construiremos otros relatos de los hechos?, pues la memoria siempre ha estado abierta a la dialéctica que descompone a cualquier discurso hegemónico que rompa con los estereotipos y los prejuicios de un sistema dominante, que intercede violentamente la mirada a través de los discursos moralizadores y conservadores que mantienen en vilo a todos los actores sociales e intentan desaparecer o al menos dominar a la memoria colectiva del pueblo (ANDRANGO, 2021, p.124).

Volvamos un poco sobre la figura de Don Quijote que presenta el filme de Burbano, pero esta vez desde la perspectiva de los personajes de la reina y la princesa de España. Desde su lectura y construcción, este Quijote plantea un doble sinsentido porque no calza con el estereotipo de caballero que la narrativa oficial perfila, ya que, aunque el Quijote cervantino ha perdido la cordura, no deja de ser un caballero. En cambio, en este hombre ataviado con basura, ellas no ven esos valores moralmente y colonialmente construidos. Por otra parte, tampoco lo sienten como justiciero, aunque reconocen en él cierta sutileza que no encuentran en absoluto en Sancho; a lo mejor, por lo que don Quijote pretende ser, por el modelo que quiere seguir. Precisamente, esta representación distorsionada y marginal del Quijote que plantea Burbano dialoga con lo que Aníbal Quijano (2003) expone en Don Quijote y los molinos de viento en América Latina, al señalar que el personaje de Cervantes, resignificado en la región, encarna la lucha contradictoria de quienes, en Latinoamérica, buscan construirse desde los símbolos impuestos por la colonialidad, pero inevitablemente se enfrentan a sus propios límites y exclusiones. En esa clave, el Quijote negro, armado con desechos y con un cuerpo racializado que rompe los patrones eurocéntricos, representa el espejo deformado que la colonialidad ha dejado como herencia, donde los sujetos subalternizados se ven obligados a pelear contra los fantasmas heredados, a reinventar identidades y a disputar los imaginarios. Así, como plantea Quijano, este Quijote latinoamericano es la encarnación de la tensión entre la imposición colonial y la resistencia simbólica, donde los márgenes se convierten en espacios de relectura y disputa identitaria.

Desde esta mirada colonizadora se nos plantea cómo podría o debería ser el cuerpo, el pensamiento y las dinámicas sociales que han involucrado, además de nuestras formas de actuar, cómo desde el poder del Estado y la mirada hegemónica quieren que seamos frente a esa mirada de superioridad. Es por ello que a las mujeres les sorprende que aparezca un Quijote, pero, sobre todo, el hecho de que sea negro, con un atuendo que es reciclado, pero también “obsoleto” bajo una mirada dialéctica de lo que sirve o no sirve; por tanto, de lo desechable, tal como se ven y se dividen las clases sociales desde las miradas de quienes ostentan el poder.

La llegada del Quijote genera un conflicto; la transformación de la mirada del “poder ver” hacia el “ver como poder” nos invita a reflexionar sobre el rol de la imagen histórica y lo que no hemos sido aún capaces de descifrar para comprender no solo lo que vemos, sino la retórica y el mensaje por detrás que alinea a la sociedad de lo aceptable, o caer en el voyeurismo de lo estéticamente aceptable, deslegitimando el proceso bajo estos preceptos, así como también del tiempo y espacio como una relación geográfica, social y política de la autorepresentación en la imagen, un cruce de miradas: cómo los vemos, cómo nos ven y cómo nos vemos, y con ello: ¿qué queremos ser?

Siguiendo esta línea de pensamiento, la voz modulada, recitada, casi falsa, reproduce formas que le son ajenas. Evidencia, de algún modo, un querer ser, un pretender; a lo mejor, un recurso para ocultar la inseguridad y buscar validación. Tomemos en cuenta que el Quijote del filme decide tomar esa identidad tras encontrar entre la basura un ejemplar del Don Quijote de la Mancha, pero no se trata de una edición completa, sino de una de Ariel Juvenil, adaptación ilustrada y simplificada para primeros lectores; esa es su llegada al personaje. A pesar de ello, es el único personaje que sobrevive y el que más se acerca al canon europeo en su pretensión de ser el sujeto socialmente aceptado. Laville señala que: “Los valores de uso son determinantes, el grupo procura la forma de asegurar su supervivencia y de afirmar su identidad” (LAVILLE, 2016, p. 10). En este sentido, tendríamos que pensar en qué es aquello que como sociedad acogemos y reconocemos como elemento constitutivo de nuestra identidad colectiva.

4. A modo de cierre:

El filme de Burbano ofrece una excusa para profundizar la reflexión sobre los procesos de construcción identitaria. No solo como sujetos individuales, sino también como colectivo, tanto a nivel local, como ecuatorianos, como global, como latinoamericanos, pues nuestro tejido histórico comparte múltiples fibras que nos constituyen. El hecho de que los personajes que protagonizan el filme sean marginales, periféricos, y que a su vez se llamen como las figuras emblemáticas sobre las que se erige la cultura española nos habla de una reinvención de la historia, una actualización de la memoria y de un desplazamiento del centro.

Esta película se convierte en un espacio para repensar nuestra historia y nuestra memoria, cuestionando el peso de las narrativas dominantes, y nos lleva a indagar por qué queremos identificarnos con el otro sin antes comprender la historia y el bagaje cultural que poseemos como sociedad ecuatoriana y latinoamericana. Esto permea en ámbitos sociales, culturales y políticos, en los que debería permitirnos una reorganización social que nos posibilite reconstruir la identidad según los diferentes tránsitos que las subjetividades tomen.

Finalmente, Quijotes negros, desde su atmósfera y exceso, nos invita a repensar las dimensiones de la ficción y el cine como esa posibilidad de explorarnos. Nos habla de la identidad como un viaje paralelo hacia adentro y hacia afuera, como una dialéctica de la mirada entre cómo nos vemos, cómo queremos ser vistos y cómo nos ven, pero en la que ninguna lectura desdice a la otra, a pesar de que se opongan, pues esa contradicción les resulta constitutiva. El mestizaje forzado, las figuras marginadas y la ruptura con los estereotipos tradicionales sirven como recursos para desentrañar las tensiones entre lo local y lo global, entre lo propio y lo ajeno.


 Publicado en la revista "ANACONDA, cultura y arte"

“BATALLA EN EL CIELO”

 Hoy por la tarde, una de sol ardiente, con vista a un cielo azul interminable y con su trazo al porvenir extrañamente firme, observé algunas películas de producción reciente. Entre ellas, llamó especialmente mi atención “Batalla en el Cielo”, largometraje del director mexicano Carlos Reygadas. No sé si fue por la relación cielo–cielo (el del título y el de la tarde) que me sentí particularmente inclinado a escribir sobre esta obra. Las horas vespertinas hoy tenían una expresión metafísica, de grandes ángulos, a veces alterados por el paso de algún transeúnte, o acrecentados en todos los sentidos por la bocina de algún carro. Otra coincidencia: este ambiente también se halla, a su modo, registrado en la película. Pero veamos la sinopsis que esta ofrece: “Marcos (Marcos Hernández), un chofer mestizo que trabaja para un General, secuestra con la ayuda de su mujer a un bebé que, desgraciadamente muere de manera accidental. Marcos demuestra ser más frágil de lo que se esperaba y empieza a derrumbarse. Confiesa lo que ha hecho a Ana (Anapola Mushkadiz), la hija de su otro jefe, una chica que se prostituye por placer. Ana y la mujer de Marcos intentan, cada una por su lado, ayudarlo, pero es inútil, ya es demasiado tarde. Marcos se hunde en el abismo y arrastra con él a Ana durante un extraño peregrinaje a la basílica de Guadalupe”.

Los ambientes con que se arma esta sinopsis ofrecen una rara sordidez, una libertad de dos cabezas, un vacío en continua expansión. Hay otros aspectos en la obra, como una ansiedad sexual sin norte y sensaciones de aislamiento en mitad de la muchedumbre. Es decir, se ofrece al público un dibujo de matices del hecho de ser, desde la base. No es habitual encontrarse en el mundo del celuloide con una imagen de lo humano trazada con hondura, que logre vaciar en la pantalla parte de la significación del hombre en su desolación… Desvelemos a los lectores más inquietos cómo se resuelve, escenográficamente hablando, esta representación y tomemos como punto de partida una escena. Marcos va en el auto con Ana, la hija de su jefe, avanzando por calles orladas de árboles cuyas sombras se proyectan en el camino, es decir que cobijan en un mismo sitio a dos seres tan distantes: chofer y jefa. Así de profundo es el aislamiento de Marcos. Requiere de un cuerpo inasible a la mano, como la sombra, para que el cobijo con la muchacha sea posible… Cuando el auto se detiene, pasan por delante otros, a gran velocidad, a ritmo diferente, como una expresión de esa vida distinta, de esa cotidianidad que a Marcos no le pertenece. Vemos entonces, que los personajes se hallan calibrados de tal manera que no pueden hacer suya la única dimensión otorgada a lo humano: el espacio tiempo. Observemos ahora cómo se nos muestra la soledad. Luego de dejar a Ana, Marcos llena el tanque. En la gasolinera se escucha una música de gran belleza que nada tiene que ver con el universo emocional de él (ha raptado un bebé que se le ha muerto). La música se convierte para Marcos, en la tabla de salvación que se ansía en circunstancias trágicas: lo indebido ha devenido en puente hacia la totalidad. En “Batalla en el Cielo” el tratamiento del sexo también desborda lo convencional; por una parte, está el que mantiene Marcos con su propia mujer, que es obesa y de músculos caídos. Él, asimismo, es barrigón y fofo. La relación sexual entre ambos se desarrolla en un ambiente de complicidad para con sus cuerpos: el cuarto es apartado y feo. Existe también un acercamiento sexual entre Marcos y Ana. El cuerpo de ella contrasta fuertemente con el de él, ya que es de rasgo fino y agradable. La relación se desarrolla en un sitio con una ventana amplia, para que la cámara, partiendo de la imagen de los cuerpos desnudos, salga y se una al espacio exterior: el cielo, los árboles. A lo aceptado comúnmente como bello. La vida se encuentra empaquetando el suceso de esta habitación, de otra manera. La idea de lo bonito, representado en la muchacha, es el regalo que todos queremos. La unión de la imagen con el movimiento de cámara, equivalen a la conciencia colectiva masculina… También puede hablarse de la libertad, desde la representación sexual. La relación entre Marcos y Ana supone una ruptura de la línea divisoria de clases y por añadidura, una eliminación de prejuicios. La libertad generada es doble: el que no haya un compromiso serio entre Marcos y Ana, supone la segunda libertad. La ruptura de prejuicios, la primera. Dicho de otra manera, tenemos nuevamente a los personajes creando atmósferas absolutas. Hay una tercera libertad, pero sin connotación sexual. Es la que ofrece la presencia de la naturaleza, compuesta por cielo y verdor. Ante esta, ante la expresión de la libertad en su estado más básico y directo, puede solamente Marcos tomar la decisión mayor: entregarse a la justicia.

Por tanto, el filme ofrece lecturas que van más allá de la apariencia escénica. La película adquiere entonces, el carácter de tridimensional, que supera la habitual bi-dimensión del cine: la imagen y el movimiento en una única relación horizontal. En algunos países se busca insistentemente desde la especulación tecnológica, crear una nueva dimensión en el séptimo arte. Mas la profundidad del cine no debe caber solamente en lo «físico».

Un comentario especial requiere la felación con que se abre y cierra esta película. Al inicio, Ana la realiza mecánicamente, denotando resignación y suelta una lágrima, mientras Marcos recibe impávido la caricia. El director dice al respecto: “tenía ganas de empezar la película con la toma de un rostro (el de Marco), el reflejo de nuestro ser interior, la representación más directa del individuo. A partir de ahí empezar a ampliar el plano y desvelar a un hombre y una mujer como si representaran a toda la humanidad.” ¿Será, me pregunto, que durante la segunda felación, al cierre de la película, Ana sonríe debido al arrepentimiento que se produjo en Marco por el secuestro del bebé? ¿Que esta felación es una representación de los relieves que adquiere la vida?

En cuanto al aspecto estrictamente figurativo del lenguaje cinematográfico, debo realizar algunos señalamientos. La actuación: Marco durante toda la obra se halla tenso y como ausente de los sucesos. Preocupado y distante a la vez. Puede que esa actitud plana se constituya en uno de los elementos que realza al filme, evitando tener contrastes con otros parajes emotivos a fin de acentuar la condena existencial de su personaje. La cámara tiene movimientos interesantes, subordinados al desarrollo de la historia, aunque desde lo estrictamente conceptual la fotografía no resulte admirable. Ello permite que el peso visual recaiga en las atmósferas: están construidas con las pulsaciones de los protagonistas, entiéndase silencios, esperas, movimientos y acciones pesados y sórdidos. Es decir, que el peso visual se construye desde el trabajo de la dirección pura y no desde la fotografía.

El rapto del bebé y que Ana, la joven rica, se prostituya por placer, resultan únicamente acciones útiles para contextualizar en el tiempo la idea de lo trágico. La caída de Marco y Ana proviene verdaderamente por efecto de la relación con el Uno-mismo, es decir, su desgaste se produce por el hecho de existir con las limitaciones con que la naturaleza los dotó y que los inmoviliza; posiblemente los personajes hubieran trastabillado hasta caer, en cualquier otra actividad emprendida.

El corolario de esta obra podría ser similar al de muchos de los seres que transitan por una noche como la de ahora y que veo desde mi ventana. Allá van, la mujer de Marcos y Ana. Camina el General, que resultó ser el padre del bebé raptado, a comprar el pan. Marcos avanza de rodillas, buscando la redención en un acto desbordado de fe. Muy cerca o muy lejos una campana enorme es girada repetidamente por tres hombres, que luchando contra la lluvia parecieran buscar un sonido que sea capaz de ayudar a Marcos a sostener su marcha. 

viernes, 6 de diciembre de 2024

Publicado en la revista "ANACONDA, cultura y arte" 

“LA NARANJA MECÁNICA”

para girarla y gritar

“La Naranja Mecánica”, o la mecánica humana, si fuéramos fieles al sentido del título de la novela de Anthony Burgess que inspiró este filme, realizado por Stanley Kubrick en la Gran Bretaña de 1971, se ha convertido en una obra de antología. Generadora de polémica desde sus inicios y retirada por Kubrick de los espacios de proyección al enterarse de que jóvenes de la vida exterior imitaban los actos de los personajes que habitan la historia, “La Naranja Mecánica” continúa provocando un sinnúmero de artículos de opinión. Me parece que hasta el momento la mayoría tiene el mismo enfoque, por lo que resulta necesario ubicar aspectos de esta obra que permitan mostrarla reflejada sobre una región con otras particularidades.

Vemos así que su inicio alerta sobre el tono desaforado de las acciones al mostrar los créditos en rojo. De inmediato se pasa a un azul que se halla emparentado con el color del cielo y que nos coloca de alguna forma en un ambiente de plenitud, deformado, por el soporte agresivo del primer color. Será una plenitud así la que se encargará de ocupar y caracterizar al protagonista del filme. Con este recurso el director de la película une el color con una zona de nuestra cultura emotiva.

Ese protagonista, Alex, rufián joven, es presentado a los espectadores mediante un primer plano, donde luce pestañas postizas en uno de sus ojos y se sirve un vaso de leche. En esta situación que resultaría anómala para cualquiera, él está en equilibrio, ya que lo acompaña la leche, lo materno, que es sinónimo de protección; se encuentra bien en ese micro mundo de agresión… Además, las pestañas postizas representan a la mujer en Alex, es decir, al complemento de su masculinidad; de esa manera él personifica un ser único, la totalidad de la especie humana y por consiguiente tiene las condiciones para convertirse en la máxima autoridad de la banda; se encuentra autorizado para hacer justicia en la sociedad, pero una justicia torcida e impulsiva, acorde con su caracterización visual.

La cámara presenta a la primera víctima de esta lógica, un hombre ebrio, a través de un plano pequeño que lentamente se agranda dirigiéndose hacia atrás para mostrar lo fuerte: la «autoridad», autoproclamada y torcida. Son Alex y sus tres secuaces, quienes aparecen para golpear al borracho porque no gustan de su canto. La cámara ha ido desde lo pequeño y débil, hasta lo grande y fuerte, es decir se ha puesto al servicio de una idea dramática. Los agresores visten de blanco, con lo que tenemos otra vez una representación desde lo cultural para sugerir una pretendida pureza; además lucen sombreros antiguos, como si tuvieran sentimientos caballerescos… Nuevamente la cámara muestra lo pequeño, un macetero con flores ubicado en el techo de un teatro abandonado, para después  retroceder lentamente y agrandar el espacio visual dejándonos percibir a unos tipos que se disponen a violar a una mujer, pero la toma continúa agrandándose hasta que aparece la omnipresente «autoridad»: los cuatro de blanco y sombrero; ellos enfrentan y derrotan a los violadores. Debido a la proximidad de la policía no puede conocerse lo que habrían hecho de la mujer, pues tienen que huir… Con una toma cerrada, es decir pequeña, se muestra una vez más el mundo (no el de los rufianes) representado por un escritor. La cámara se dirige a un costado y acrecienta el espacio para registrar a la «autoridad»: los cuatro ingresan a la casa del escritor con el propósito de golpearlo y violar a su mujer. ¿La causa? La «autoridad» no lo revela, como sí ocurrió durante la acción contra el hombre ebrio. Podría deberse tal vez al confort del escritor, quien posee una casa lujosa, con grandes cuadros y decoración sofisticada, además de tener una mujer voluptuosa, situación que resulta muy alejada de la manera con que la historia nos ha mostrado, en ocasiones, a ciertos grandes escritores: viviendo en ambientes lúgubres o pobres, muchas veces solos, sin afecto y con enorme desdén hacia lo material. La «autoridad» ha terminado con el confort de aquel tipo de escritor.

LA «AUTORIDAD» SE PELEA CONSIGO MISMA

Sigamos proyectando la cinta sobre esta región de análisis con particularidades diferentes y veamos cómo la «autoridad» pasa a ser autoridad: uno de sus muchachos por no gustarle el canto de una mujer que interpreta a Beethoven, es golpeado por el jefe Alex, quien profesa admiración por el músico. Se produce con esto la fisura del grupo, posible solamente por una desavenencia proveniente de una percepción no visual, sino acústica en este caso, y de carácter sublime. Queda expuesto el punto álgido de la filosofía del jefe de la banda: el ser humano podrá siempre ser castigado, sin importar de quien se trate, a menos que genere arte.

Hay un instinto cruel y enfermizo que les permite a los cuatro ir descubriendo a su manera el mundo y que también es capaz de destrozar manifestaciones vivas, con tal de proteger dicho instinto. Este, que se permite acabar con situaciones con el fin de proteger su causa, tiene un poco de parecido, o mucho, con las grandes guerras provocadas por hombres y naciones a lo largo de la historia para defender intereses cuestionables. Resulta una «autoridad» igual a la de todos lo hombres, y que, a imagen y semejanza de ellos, puede reír y cantar. El grupo funciona perfectamente como parábola del mundo.

Hay resentimiento en la banda por causa del golpe que Alex propinó a uno de sus miembros por el asunto de la percepción musical. Además, Alex va preso por asesinato. Decorados vanguardistas y ultramodernos han ganado presencia en estas partes últimas del filme, envolviendo ambientes habituales, como una representación de la sociedad industrial actual en plena decadencia y asimetría con lo esencial: lo humano… Ya las situaciones no se describen con movimientos que vayan de lo pequeño a lo grande, puesto que con Alex preso la «autoridad» no existe. Hasta aquí la película ha tenido en su trote, una respiración proveniente del universo por el cual se mueve. Otro aliento poseen los sucesos posteriores, la cámara ya no respira a través del tema sino que da la impresión de aspirar a un virtuosismo común en las películas de presupuestos altos. Comprobémoslo: Alex preso y disminuido queda a merced de la autoridad oficial, por lo que podría haberse invertido la línea y mostrarlo como empequeñecido, para luego agrandar la toma hasta dar forma a sus captores: el nuevo poder. Debido a situaciones como esta, ese primer manejo del lenguaje cinematográfico que se encontraba al servicio de una intención dramática cuando existía la «autoridad» (Alex y sus amigos), contrasta. Puede ser que Stanley Kubrick en la primera mitad de la película optara por mostrarse como un artesano singular y que después resolviese que el lenguaje, desde la propuesta doctrinaria de la cámara, debía cambiar, con el fin de caracterizar a Alex como un prisionero común que por alcanzar la libertad es capaz de correr riesgos grandes como el de someterse a un tratamiento que está en proceso de experimentación. Se efectúa entonces con él una especie de lavado de cerebro, el cual no ocasiona que mejore humanamente, sino que, por autosugestión, sienta un inmenso dolor físico cuando intenta hacer daño.

Si giramos un poco el espejo donde se refleja esta película, podemos decir que lo realizado con Alex es una caricatura del mundo superficial donde vivimos, en el que se generan leyes para que se cumplan por miedo al castigo de los estamentos organizados de la sociedad y no por una profunda convicción personal. Alex, funcionando otra vez como parábola de lo creado y regulado. Pero si continuamos girando el espejo, veremos que se trata de una parábola de origen siempre analizado en los espacios organizados donde se estudia lo cultural y social… ¿Dónde radica una inquietud fundamental durante la observación de la segunda parte del filme, es decir desde que Alex va preso? Se debe a que el cineasta en su intento por dibujar las naturalezas individuales, genera la sensación de recurrir a imágenes excesivamente clasificadas… ¿Dónde está su arte, entonces? Diría que en el esfuerzo de Kubrick por iluminar regiones alejadas de su percepción, y a las que accede en su esfuerzo íntimo, a través de la deformación del espacio visual: mucho de la ambientación de la película es de una alteración modelada, como si re-esculpiera los espacios cotidianos, para pretender con esa ruptura, plasmar el misterio y el origen de nuestra convulsión esencial.         

miércoles, 11 de octubre de 2023

Comentario del jurado sobre mi libro LA VOZ INFINITA, el cual obtuvo una MENCIÓN en el PREMIO DE NOVELA BREVE LA LINARES 2022

«La voz infinita». Seudónimo: «El caminante»

Narra la historia de un joven pintor ecuatoriano y su hermano cineasta mientras se encuentran en Rusiaiyán y Azerbaiyán en calidad de becarios; el pintor en Moscú ha hecho la carrera de Pintura y está a punto de iniciar estudios de doctorado en arte; su hermano Rigoberto, cineasta, está en el proceso de filmar una película en Bakú, cuando de repente una de las actrices del reparto desaparece y la producción se detiene.

Quien narra la historia es el pintor. La calidad del lenguaje utilizado y la delicadeza que dispone para transmitir los sentimientos y pensamientos son frescos y profundos a la vez. «Nos encontramos en las vacaciones que se extienden desde junio hasta agosto, entonces aprovecho para alistar una exposición de mis lienzos, en los que hay embarcaciones trazadas en la simetría y deformaciones de la existencia ahí reflejada por medio de contornos: naves a veces largas, altas en otras ocasiones, pero bajeles al fin. Seguramente llegarían a desplazarse si empleara mis alientos como velamen. Ocurre a ratos con las derivaciones del alma».

Él va describiendo a su paso los pormenores de su vocación, del medio donde se mueve y de quienes le rodean, para conformar un relato que, por varias razones, se ha de considerar admirable.

En primer lugar, destaca el uso de una prosa tersa, de ritmo sosegado, lírico, que tiende mucho a explorar la intimidad, la espiritualidad e incluso lo cósmico del ser humano y del tiempo.

Así es como el narrador se apropia de un lenguaje extraordinariamente sugerente para indicar las preocupaciones del propio artista, y las de su hermano cineasta. Todo ello, mientras pasea por varias ciudades, entre ellas Moscú y Bakú, capital de Azerbaiyán. La narración hace alusión a hechos reales: la guerra del Alto Karabaj, un conflicto entre las fuerzas armadas de Azerbaiyán contra Armenia y la República de Artsaj (en la región del Alto Karabaj), desarrollado entre el 27 de septiembre y el 10 de noviembre de 2020, tras un acuerdo de Alto al Fuego patrocinado por Rusia. Las acciones y aventuras no cambian la vida de los personajes, sin embargo, lo que cambia es la historia de ese país y la historia mundial; el conflicto armado discurre por varias páginas de la novela, pero lejos de relatar hechos bélicos cuenta las repercusiones que estos hechos tienen en la vida de los hermanos, quienes finalmente retornan a Ecuador, ante el inminente fallecimiento de su madre.

El pintor lee a varios clásicos de la literatura rusa como Dostoievski, Chejov, Maiakovski o Bulgakov, haciendo glosas sobre estos: asiste a museos, mira exposiciones, observa la realidad social en tiempos de la Perestroika (evitando hacer juicios políticos e ideológicos, o realizar descripciones parcializadas) o recuerda a su país natal, el Ecuador, y, sobre todo, reflexiona sobre el sentido de la vida, sobre sus misterios, espejismos o certezas; arroja una mirada a la noche, al tiempo, al universo, mientras se hace preguntas sobre el sentido de la existencia a través de su particular óptica contemplativa y poética, y todo ellos empleando una delicadeza realmente sorprendente.

En este contrapunto de voces y aconteceres, el narrador no coacciona al lector con efectismos ni truculencias, ni lo conduce a dobleces especulativas o a sucesos extremos, crímenes o estados límite para impactar premeditadamente al lector, sino que, por el contrario, apela a las fibras sensibles para urdir su trama intimista, plena de preocupaciones estéticas que alcanzan el rango de una meditación profundamente humana, resuelta dentro del matiz poético. Se trata de un texto lento, moroso, que se detiene en detalles, en pormenores, en procesos de creación de la obra de arte, de películas, de libros, de recuerdos familiares, y los va tejiendo de un modo magistral a los mundos anecdóticos, los cuales aparecen mezclados a medida que avanza la escritura.

La película que va a filmar su hermano Rigoberto en Bakú queda trunca, su madre fallece, la exposición que el artista va a hacer se pospone, y finalmente queda para ser realizada en la propia habitación del pintor, en su intimidad. Pero la vida prosigue, pese a todo, parece decirnos la obra, ofreciendo sus colores para que nos atrevamos a vivirla.

Por su esmerada escritura y sus logros poéticos y estilísticos, por su hondura filosófica y por mantener al lector atento a los detalles mediante capítulos muy breves, «La voz infinita» califica para figurar como finalista entre las merecedoras del galardón de novela corta en esta oportunidad.

Abiertos los sobres de identificación, las obras premiadas corresponden a los escritores:

·        Juan Carlos Moya, por su obra «La venganza de Venus»

·        Leo López, por su obra; «Enseñar a fumar a las niñas»

·        Sandino Burbano, por su obra «La voz infinita»

Felicitamos a todos los escritores que acudieron a la convocatoria y a quienes han obtenido distinciones en el Premio «La Linares» de novela breve, 2022, así como a los organizadores de este certamen anual.

-Gabriel Jiménez Emán (Caracas)

-Bernardita Maldonado (Barcelona)

-Iván Egüez (Quito)


martes, 21 de diciembre de 2021

ENTREVISTA REALIZADA A SANDINO BURBANO, DIRECTOR DEL LARGOMETRAJE "QUIJOTES NEGROS", POR LA REVISTA DE CINE "BABIECA" No 19

 1.- Sandino, has escrito tú el guión de Quijotes Negros. ¿De dónde nació esta historia?

No es una adaptación del libro. Contextualicé a Don Quijote y Sancho en otra circunstancia. Leí por primera vez la novela cuando era adolescente y me sedujo, aunque permaneció en mí un sinsabor: el señor feudal protagonizaba la búsqueda de la belleza y del ideal. El porquerizo se mantenía como tal, sumando la condición de amigo fiel y noble para que el amo alcance los sueños. Yo me interrogué: ¿por qué no al revés? ¿Por qué Sancho no tiene la posibilidad de ir tras sus propias ilusiones, esas que no se describen, a fin de que se asoleen al menos un poco… Otra motivación es que siendo niño fui de paseo a una playa de la provincia Esmeraldas, el camino se encontraba muy resbaloso a causa de la lluvia torrencial y el vehículo tenía dificultad enorme para mantener el rumbo. La excursión se hacía tortuosa. Cuando arribamos a la playa, casi que no distinguía el mar del cielo y la línea de horizonte se marchó hacia algún otro sitio. Todo devino tan oscuro e inhóspito que el paisaje me quedó grabado. Con el paso de los años, al recordarlo, pensaba que en algún momento debía evacuarlo, provocando que transcurriera algo distinto en aquella playa. Tal vez con tintes mágicos. Durante la planificación del guión decidí que ahí transcurriera la mayor parte de la historia. Luego fuimos al rodaje con los actores y el equipo técnico a colorear ese paraje de otra forma, con matices avivados en el tiempo. La historia pudo nacer de las mencionadas percepciones de mi infancia y adolescencia, filtradas por la lectura del mundo proveniente ya de mi adultez a propósito de la historia, el individuo y la sociedad… De ahí las connotaciones filosóficas y poéticas serpenteando la obra, en ocasiones deteniéndose para tomar fuerza y retomar el andar… La película es un producto orgánico, no una pose artística.

2.- Noto que hay mucho simbolismo en esta historia, sobre todo en los personajes. ¿Podrías contarnos, en breves palabras, qué simbolizan cada uno de ellos, Sancho, el enano, el Quijote?

En sentido primario quizás simbolizan el impulso vital del ser humano para saltar hacia la realidad inmediata, con sus pasiones, sueños y propensión a acertar y a equivocarse. Desde una perspectiva más elaborada, pueden representar la necesidad de trascender lo conocido como “estado de postración”, con el propósito de palpar texturas que poseen otros relieves, ubicadas en algo que desconocen. Intuyen su existencia y podría denominarse, “el logro”. Pero como tienen que terminar de construirse, paso a paso, a sí mismos, van pintando esa travesía de tragedia y de comedia fantástica.

3.- ¿Hay en esta historia una reflexión sobre la violencia hacia la mujer?

Permanentemente. A sus personajes masculinos, en tanto que anti héroes, no los mueven objetivos irreprochables. Son consecuencia de un proceso histórico traumático,  enraizados en un contexto de marginación y olvido. Existe en la obra una reflexión sobre los alcances de las libertades individuales en seres que desde una condición particular buscan encarnar sus utopías. Examina la posibilidad de romper con arquetipos culturales, o de transformarlos en algo más justo, a pesar de aberraciones que son consecuencia de todo un proceso histórico, en el cual se mantiene una muralla entre opresores y oprimidos.   

4.- ¿Por qué los personajes huyen al mar y no a un paisaje rural de montaña, quizás más cercano a la realidad que viven?

Van hacia el agua porque es la fuente vital. Los personajes desean existir a plenitud a pesar del distanciamiento que se dibuja entre ellos. La intuición nos guía en cada emprendimiento creativo según nuestro pálpito emocional y psíquico.

5.- Hay un determinante al final de la película, la concepción de belleza que queda esbozada con la decisión de la princesa de quedarse en Ecuador. ¿Qué es para ti y dentro de Quijotes negros la belleza?

Es la libertad como consecuencia de la transformación interior de una persona, producida por esas experiencias de vida que nos aportaron un grado de conciencia mayor sobre lo más verdadero y trascendente. 

6.- El título de la película es Quijotes negros, sin embargo, solo un Quijote aparece en la trama. ¿Qué explicación hay para esto?


Considero que los cinco protagonistas emprenden tareas quijotescas: el Quijote negro, pese a ser un pordiosero o por eso mismo, desea emular al personaje de la novela e ir a través del mundo combatiendo la injustica. El  Sancho de esta parte de la geografía se atreve a buscar protagonismo en la vida, imponiendo sus requerimientos desde la inocencia, torpeza y ridiculez. ¡Qué utópico!, ¿no? El enano es quien libera a Sancho de su soledad al desencadenar los futuros acontecimientos, como un Quijote que abre caminos y, aunque con propósito dudoso, pedirá a la monarquía que devuelva lo hurtado de tierras americanas durante la conquista. La princesa decide renunciar a su corona para crear familia con un descendiente de los pueblos que sus antepasados desangraron; es la parte femenina del Quijote. La reina… Tener que soportar lo que pasa en la historia para encontrar espacios de gozo y libertad desde su concepción monárquica de la moral: ¡qué quijotesco!

miércoles, 6 de mayo de 2020

DEL CINE EN LAS ESTEPAS DEL TIEMPO


Escrito por invitación de la revista 25 Watts (No 8) de la Cinemateca Nacional del Ecuador.


Recuerdo el invierno esparciendo su aliento en forma de nieve: edificios, calles y autos parecían hechos de un solo trazo. Albo. Inmenso. Uniforme. Los sonidos se manifestaban a través de relieves distintos y prolongaciones variadas. Inevitable no relacionar este paraje con la pantalla de un cine. Fija, palpitando en silencio a la espera de recibir al menos una imagen. Yo estudiaba en Moscú, que no  dejaba de ampliar mi percepción al ritmo despacioso de sus texturas y matices. Acaso la siguiente primavera fue unas butacas alineadas frente a la enorme pantalla en blanco del inicio. El verano, la antesala, a fin de esperar calmos y paseándonos la película que ahí se proyectaría y que la existencia elaboraba a partir de su cadencia. Mi escuela se encontraba en la calle Vilgelma Pika, 3, con algunas salas de proyección pero ninguna pantalla como la mencionada al principio, tan natural, diáfana e inmensa, donde mi imaginación empezaba a esbozar situaciones desde la observación de los transeúntes con su composición carnal y metafísica: gestos, pesares, colores que transportaban de algún modo alegrías, eran conducidos hacia aquella blancura ansiosa. Ese no conocerse entre ellos y mis soledades -tanto las vertidas como las que contuve- perfilaban los diálogos de los personajes de esas películas hipotéticas. Así era mi aprendizaje del séptimo arte. ¡El ser humano, volcado en el vacío de una geografía e idioma extraños, transparentando lo más recóndito de sí! La naturaleza gritaba sus tonos como si estuviera de fiesta por la visita de alguien no esperado, yo. Puede ocurrir cuando se deja un lugar cotidiano: el nuevo sitio, por contraste con el anterior, aísla al individuo de la masificación permanente para dar paso a la posibilidad de palpar el vacío, fuente de lo conjetural. Desprovista de corazas, la gente iba trazando su estela por mi alma. De ahí que me fuese necesario liberar mi propia mirada cinematográfica a fin de encontrar resonancias entre los espectadores y dotar de un sentido luminoso lo captado. Interpretar la condición de lo humano fue mi escuela, ante el vacío que, según se descubre de a poco, está pletórico de singularidad. Entendí que la problemática social inscrita en cualquier territorio es siempre pasajera. Algunas se prolongan más en el tiempo pero luego todo queda desnudo de nuevo y permanece eso que es fundamental asir, desmenuzar, representar en el arte: la proximidad al latir ignoto que labra nuestra constitución. No aprendí a separar la existencia de la dinámica de la naturaleza, de los pliegues de sus formas, de la temperatura de sus tonos, de todo eso que configura el espacio-tiempo. Hallo prioritarias esas expresiones cuando alguien se dispone a retratar al individuo en su momento histórico, social y político. En la escuela casi todos mis profesores tenían una maestría universitaria porque el sistema educativo se diseñó de tal modo en ese país: al ser las carreras más prolongadas no existían licenciaturas. Transmitían teoría y lenguaje del cine cumpliendo tan estrictamente con el plan académico que a ratos me desesperaba. La categoría de masters no les produjo la necesidad de ensanchar el abanico de posibilidades expresivas en lo fílmico, sostenidas en gran medida por la costumbre. En realidad mi área de enseñanza estaba más allá. No obstante extraño la condensación de la espera caminando por sus pasillos o ante los ventanales que miraban hacia el tiempo empozado de los silencios largos. ¡Los futuros actores, editores y fotógrafos se formaban en cada clase a la distancia de un brazo extendido! Allí se instruyeron cineastas premiados en los festivales de Cannes, Venecia, Berlín, el Oscar. La mayoría, poseedores de una narrativa sin riesgo, se movían en las composiciones formales con gran maestría, tan distintos de otros ex alumnos como Andrei Tarkovsky, Alexander Sokurov, Kira Muratova y Serguéi Paradzhánov, cuya tonada adquirió un matiz especial ya con la práctica del oficio. El primero comentaba que al egresar no sabía cómo debe ser un lenguaje cinematográfico que libere a este arte de su "enclaustramiento". Paradzhánov dijo que sus primeras obras fueron configuraciones aptas para engrosar lo desechable. Pero de los maestros de mi establecimiento yo rescataba un aspecto: eran depositarios de un conocimiento clásico del arte adquirido por la experiencia humana en el discurrir de los siglos. De una suerte de destilación sobria de los conceptos que sabían transmitirnos. Esa característica los define ante mí como preservadores de una porción de la luz que los dota de cierto halo congregacional. Recuerdo la pena que me causó una de nuestras discusiones a propósito del tema del absurdo cuando es llevado al cine. No aceptaban mi guion donde un enano pretendía jugar baloncesto por correspondencia, lográndolo. Argumentaron que eso no era posible en la realidad de nadie, descalificando la fuerza de lo metafórico para representar imaginarios represados. Valoraban el absurdo europeo de Kafka, por mencionar un ejemplo, pero no el abastecido por la ironía que proviene de una geometría "incompleta" (el enano), diseñada por un alumno de una cultura -al fin y al cabo como todas- sostenida también desde la irracionalidad. O cuando quise que durante una puesta en escena el protagonista viviese en una casa sin paredes y que pese a ello dispusiera de ventanas. Había que ser explícitos en todo. Con poco espacio a lo interpretativo o a la generación de subtextos derivados de una matriz estética particular. Bueno que las cámaras de cine se encontraran al alcance de los estudiantes y que el coste de posproducción en fílmico no resultase tan alto: uno se daba modos para plasmar trabajos fuera de las directrices escolares.

Un tropel de emociones y deseos me trajo de vuelta al Ecuador para efectuar películas. Quería hacer de las consecuencias del fluir del tiempo un espectáculo. Tomar esencias de la tierra para que sean títulos de filmes o nombre propios. Pero mi traba mayor son los requerimientos económicos. Las estéticas que presento van a contrapié con las promovidas por el organismo estatal que en parte financia las realizaciones fílmicas. Ante la perspectiva de disponerme a reproducir esos testimonios cinematográficos, me resulta de mayor vitalidad proseguir con búsquedas permanentes de fondo y forma. Mi largometraje Quijotes negros ha obtenido cerca de veinte primeros lugares y nominaciones en festivales internacionales de cine aún no alineados con el establishment. Son de corte fantástico, underground o de fuerte independencia. Representó al país en los Premios Platino del Cine Iberoamericano de Ficción y en los Premios Forqué. Además recibió un premio como mejor película nacional. En ese gesto de intentar la hechura de un cine que refleje la dinámica interna de lo social y existencial, puede nacer una mirada transversal del arte que evite representarnos desde lo prosaico. Tal vez este sea uno de los paisajes de revelación fundamental donde cineastas y espectadores debamos ubicarnos. Y que coadyuven para esto algunas de las horas que transcurrieron en las aulas del antiguo, además de enorme, edificio de la calle Vilgelma Pika.