miércoles, 6 de mayo de 2026

 Nuevo ensayo sobre mi largometraje "Quijotes negros"

LOS “QUIJOTES NEGROS”: CRISIS DE IDENTIDAD Y EL REFLEJO DE SER EL OTRO

 Pamela Villarreal

Universidad de las Artes, Ecuador

Juan Diego Andrango

Universidad de las Américas, Ecuador

Publicado en la revista indexada de la universidad de Sao Paulo, Brasil

BRAZILIAN JOURNAL OF LATIN AMERICAN STUDIES

Dosier: Entre imágenes, palabras y pantallas: desafíos, transversalidades y reinvenciones en el arte latinoamericano

Resumen: Este escrito aborda un análisis de la película Quijotes negros del director Sandino Burbano, quien, a través del recorrido de dos personajes, nos invita a realizar un ejercicio de introspección y a interrogarnos sobre nuestra identidad, y a encontrarnos en el otro como signo de sobrevivencia. Entre personajes de la literatura universal y la idiosincrasia —característica latinoamericana muy marcada, y por supuesto, ecuatoriana—, se nos devela y revela aún ese arraigo y resentimiento colonial que, sin duda, es palpable en las dinámicas sociales de nuestro diario vivir, y que complejiza todavía más el entendernos dentro de los conceptos que nos construyen, pero con los que también luchamos. Por supuesto, esta película rompe con las lógicas enajenantes, invitando a los observadores a reflexionar y sorprenderse, a entrar en una atmósfera onírica y a mirar a/en y desde esta periferia para contemplar esta realidad deformada: ese espejo que nos limita y nos alimenta diariamente, en el que se conjugan elementos excesivos y disímiles para armar el rompecabezas de nuestra identidad y memoria, con los rezagos —o no— de la colonización.

Palabras clave: Cine; Memoria; Identidad; Quijotes; Negros; Literatura

1. Introducción

La crisis de las identidades en América Latina no puede comprenderse sin referirnos a las estructuras de poder heredadas de la colonización, que siguen moldeando los cuerpos, los símbolos y las narrativas de la región. Desde el concepto de “colonialidad del poder”, Aníbal Quijano (2000) sostiene que la conquista impuso no solo un sistema económico y político desigual, sino un patrón de clasificación racial, cultural y epistémico que sigue vigente, organizando jerarquías de superioridad e inferioridad entre lo europeo y lo no europeo. Bajo este entramado, las identidades latinoamericanas emergen fragmentadas, atravesadas por la imposición de referentes ajenos y por la negación de memorias propias. Los sujetos racializados, mestizos y periféricos han sido configurados desde narrativas que les asignan un lugar de inferioridad o exotización, produciendo, en palabras de Walter Mignolo (2007), una “identidad negada”, donde lo propio solamente adquiere valor en función de lo europeo o del imaginario colonial que aún estructura los modos de ser y de ver.

En esta clave, el filme Quijotes Negros, dirigido por Sandino Burbano (2016), no se limita a recrear una relectura estética de la obra cervantina, sino que tensiona los procesos de construcción identitaria latinoamericana desde los márgenes y la exclusión. Los personajes, al desplazarse desde la periferia hacia el centro de Quito, encarnan esa búsqueda de sentido que, sin embargo, está condicionada por las imposiciones históricas de la colonialidad. No se trata aquí de proponer una comparación abstracta entre identidades, sino de leer cómo el filme se convierte en un espejo deformante de la realidad latinoamericana: Sancho desconoce su propio nombre y origen, el Quijote negro se apropia de un símbolo europeo desde la chatarra y el desecho, y la memoria colonial emerge como un peso latente. Así, la película revela que la identidad latinoamericana, más que un constructo fijo, es un territorio de disputa entre lo impuesto y lo propio, entre la memoria negada y la posibilidad de reescribir, desde los márgenes, los sentidos de pertenencia y representación.

Quijotes Negros es una película de ficción que se lanzó en 2016 con la producción de El Ojo Desnudo Films y bajo la dirección de Sandino Burbano. Fue parte de distintos festivales y ganó varios premios: entre ellos, Mejor Película Internacional en el Festival de Cine Fantástico de Mar del Plata, Argentina, en 2016; Mejor Película Nacional ex aequo en el IV Festival de Cine Latinoamericano de Quito (Cinefest), Ecuador, en 2017; Mejor Película, Mejor Película Extranjera, Mejor Ópera Prima, Mejor Película Underground y Mejor Película de Culto en el Los Ángeles Underground Film Forum, en 2017; Mejor Director en el AROUND Film Festival de París, en 2017; y Mejor Largometraje de Ficción en el VONLINEFILMFESTIVAL de Italia, en 2022. Este es un filme experimental que se arma desde los márgenes, con personajes que pertenecen a la periferia, a lo excluido. Burbano, desde su estética y narrativa, busca jugar con los discursos hegemónicos. Sostiene que “el lenguaje cinematográfico es una expresión que lleva intrínseca una actitud poética. Una intención reflejada en la estética visual y sonora de una historia sobre colonialismo y mestizaje” (BURBANO, 2017). Esta película mezcla elementos barrocos, fantásticos, disonantes y poéticos; en palabras de Burbano, su estilo es surrealista, pero no desde la estética en sí misma, sino desde la acción. En palabras del jurado que eligió a Tomás Tipán como Mejor Actor de Reparto en el Festival Internacional de Cine de Madrid (FICIMAD), Quijotes Negros es “un festín para los sentidos como un denso opiáceo de ensueño, lleno de atrevidos detalles extravagantes”.

La narración parte cuando un enano, quien juega con una pelota casi más grande que él, observa a un hombre gordo, llamado Sancho, y se acerca a ofrecerle sus servicios. Luego de una corta charla, acuerdan encontrarse la semana siguiente en Quito, en la iglesia de San Francisco, para conseguirle ahí una esposa a Sancho, pues, al parecer del enano, a su amigo le hace falta alguien que cuide la casa. Ya en Quito, Sancho queda prendado de un par de mujeres que están en la iglesia, así que, por la noche, arreglan todo para poder raptarlas y fugarse con ellas a la playa. Ya instalados frente al mar, los hombres acuerdan los preparativos para la boda de Sancho. El enano va al pueblo para buscar telas para los vestidos de las novias y se entera, a través del noticiero, de que las dos mujeres que raptaron son la reina y la princesa de España, lo que lo motiva a pedir un rescate por ellas.

Simultáneamente, en la casa frente al mar, aparece un pintoresco don Quijote y Sancho, sorprendido con su traje, le ofrece pasar. La llegada de esta figura viene a trastocar todo, pues las mujeres se acercan a él y esto genera celos en Sancho. Ambos personajes incluso llegan a batirse en duelo para decidir quién se queda con las mujeres, pero el encuentro termina en un empate. Mientras tanto, los representantes del gobierno ecuatoriano y español arman operativos para dar con los raptores. En un segundo reto, el Quijote gana a las mujeres y Sancho, derrotado, pide su ayuda. La decisión del Quijote de cederle a la reina lleva a que ella, en un ataque de nervios, se suicide. Finalmente, las autoridades dan con el enano y lo matan. El Quijote se encuentra a la princesa y procura calmarla; en esto recibe, por la espalda, un ataque de Sancho. La mujer, para defender al Quijote, golpea a Sancho y, sin querer, lo mata, así que ambos huyen. Hacia el final, se ve que la princesa, embarazada, vuelve a la casa de la playa en compañía del Quijote, por quien decide renunciar a la corona.

A breves rasgos, esta es la historia que se narra en el filme. A decir de Sandino Burbano, su director, la película “tiene el género de la tragicomedia, con un aliento de farsa muy fuerte” (BURBANO, 2017). Según Alemán, Burbano “construye su película sobre trompe l'oeils, anamorfosis y construcciones retóricas. Desde ese artificio, un único punto de vista se presenta imposible (...). Esa identidad que construye la pantalla no es otra cosa que artificio desbordado, alejado de toda esencia” (ALEMÁN, 2019). Así pues, la propuesta de Burbano juega con una estética que se separa del realismo y roza lo fantástico. Pero más allá de esa suerte de poetización de lo cotidiano y lo onírico, en este acercamiento nos interesa poner la mirada en aquellos aspectos que interpelan al modo de vernos y representarnos como ecuatorianos, además de cuestionar la forma en la que se percibe lo otro. Para ello, partiremos de un hecho básico para entender lo latinoamericano: el mestizaje. A través de esta realidad, procuraremos reflexionar en las figuras protagónicas del filme para aventurar algunas posibles interpretaciones sobre la construcción identitaria, comprendiendo que los cuerpos de los actores expresan las fracturas y contradicciones de la identidad latinoamericana atravesada por la colonialidad. El personaje Sancho encarna al mestizo racializado y excluido; el Quijote, interpretado por un actor afrodescendiente, subvierte los imaginarios eurocéntricos; y el enano, desde su corporalidad marginalizada, visibiliza la periferia social y simbólica. Juntos representan los sujetos subalternizados que configuran la complejidad étnica y cultural de América Latina.

2. El mestizaje y el subalterno a través de símbolos

Quijotes negros es una película experimental que genera una sensación de extrañeza, tal vez justamente por la atmósfera que envuelve a la historia. En ella podemos encontrar varios elementos simbólicos. El primero que mencionaremos será el animal desproporcionado y extraño que Sancho vende, pues podría hacer referencia a las Crónicas de Indias y al modo en el que la mirada europea relató lo distinto de los territorios “descubiertos”, para construir así lo latinoamericano desde su visión. García Márquez se refirió a ello en 1982, en La soledad de América Latina, su discurso de aceptación del Nobel de Literatura.

Este pollo con cabeza de cerdo que Sancho intenta vender en su improvisado puesto de carnicería funciona como una reflexión sobre el mestizaje. El cerdo fue un animal traído en el segundo viaje de Colón a América, mientras que el pollo parece haber llegado a territorio americano mucho antes, en un viaje de polinesios que habrían visitado el territorio de lo que actualmente es Chile (LA NACIÓN, 2007). Al margen de si uno es español y el otro no, la sola imagen de la combinación de estos dos animales tan distintos en proporción constituye en sí un elemento disonante que nos lleva a reflexionar acerca de la mixtura: una mezcla desproporcionada, una suerte de injerto en el que, por fuerza, se unen elementos muy distintos. Lo curioso es que, a pesar de lo llamativo y disímil del animal exhibido, ninguno de los transeúntes se detiene a darle una mirada; esta rareza pasa desapercibida, tan olvidada como la presencia del mismo Sancho. Esto abre paso al cuestionamiento de si se trata de una figura tan cotidiana que deja de observarse, o si se trata de una invisibilización, de alguien que no quiere ser visto y, por tanto, se ignora. Las propuestas del filme parecerían inclinarse hacia lo segundo. Tanto Sancho como los animales que vende son, en gran medida, esa parte del mestizaje que no se quiere ver y sobre la que se reflexiona en el filme, pues ofrece la oportunidad de repensar en la memoria, el modo en el que se construye y su potencial transformador.

Desde esta perspectiva, el filme expone de forma simbólica los efectos persistentes de lo que Aníbal Quijano (2000) denomina la colonialidad del poder, entendida como la estructura social, política y cultural heredada de la conquista y el colonialismo, que sigue organizando jerarquías raciales, epistémicas y económicas en América Latina. La representación de personajes marginales y periféricos que encarnan de forma distorsionada los íconos de la cultura dominante, como Sancho o el Quijote, pone en evidencia cómo la identidad latinoamericana ha sido construida desde lógicas coloniales que niegan, invisibilizan o distorsionan las subjetividades propias, desestabilizando la imagen idealizada y blanqueada de la identidad latinoamericana. La mezcla forzada, la estética de los cuerpos excluidos y los discursos cruzados entre lo local y lo europeo que se despliegan en la película son manifestaciones directas de esa colonialidad que, como señala Quijano, no terminó con la independencia formal, sino que se perpetúa en la forma en que nos miramos, nos nombramos y nos relacionamos, reproduciendo sistemas de poder que siguen subordinando lo indígena, lo afrodescendiente y lo mestizo fuera del canon eurocéntrico, como menciona Ríos:

El análisis de las obras dedicadas a reconstruir la memoria se convierte así en un ejercicio de la memoria y, como tal, partícipe de una ficción compatible con el afán de conocimiento. Los caminos de la investigación y la creación confluyen en un objetivo: el cuestionamiento de nuestra identidad frente a las múltiples tentaciones de una reafirmación. Tal vez esta disyuntiva sea la línea divisoria entre el pensamiento progresista y el reaccionario; las demás líneas, supongo, se traspasan con la facilidad de la conveniencia hasta provocar el estupor del observador. (RÍOS, 2014, p.24).

Hay otro elemento que llama la atención sobre la misma temática: este mestizaje forzoso. Se trata de una rosa que Sancho, rústica y torpemente, quiere injertar con un girasol. Esta escena tiene como marco un terreno árido, ventoso y polvoriento, en el que ambas flores se yerguen frágiles y solitarias. Cuando el enano ve a Sancho cortando las flores y uniéndolas con cinta al tallo de la otra, elogia el trabajo y le dice: “Hasta me parece que me hubiese leído los pensamientos. A mí también me gustaría cambiar ciertas cosas, pero no todo me gusta” (BURBANO, 2016). Ambos sujetos distintos, esos dos otros, se identifican desde su exclusión y se entienden. No encajan, al igual que esos injertos desproporcionados con los que Sancho estira hasta el sinsentido las posibilidades de la realidad.

Simbólicamente, el sitio en el que se encuentran estos dos personajes es el umbral de la puerta: una puerta destruida que solo tiene travesaños. El uno está adentro y el otro observa desde afuera, pero ambos están excluidos, ambos son periferia, y juntos deciden introducirse en el centro, ir a la capital y encontrar ahí lo que les falta. Por ello, RÍOS menciona:

La memoria y la identidad se configuran con estímulos de diversa procedencia, incluida la imaginación. [...] El deseo de los espectadores y lectores que pretenden asomarse al pasado se circunscribe a los límites de un acto circunstancial. No debe confundirse, pues, con el afán de conocimiento para sustentar una memoria histórica como dimensión del presente. (RÍOS, 2014, p.11).

Se trata, entonces, de dos sujetos marginales que, en un viaje de búsqueda, descubrirán quiénes son y qué papel juegan. Lo más interesante es que invitan al observador en esta mirada, que nos asoma al pasado como un hecho histórico, a resignificar a través de la imaginación.

3. La identidad: construyendo con fragmentos

La construcción de la identidad parte del reconocernos, y este proceso, a su vez, empieza con el nombre propio. Ante la pregunta ¿quién soy?, la respuesta a la que recurrimos instintivamente es el modo en que hemos sido llamados; no existimos fuera del lenguaje, sino a partir de él, como propone Wittgenstein (MARTÍNEZ FARRERO, 2017, p. 156), quien continúa:

El ser humano como sujeto es inalcanzable a la comprensión, a la definición u objetivación. Todo cuanto se diga de él hará referencia a los atributos que les son propios como sujeto, es decir, a su subjetividad. Pero la subjetividad de un sujeto no es el sujeto. Del sujeto, estrictamente, sólo puede decirse una sola cosa: su nombre propio. (MARTÍNEZ FARRERO, 2017, p. 155-156)

El nombre es entonces aquello que nos posibilita ser y unifica una serie de características que nos constituyen. En el filme, el enano le pregunta a Sancho: “¿Cómo mismo se llama usted?” (BURBANO, 2016), y este le responde que desde pequeño lo llaman Sancho, aunque no sabe por qué, y confiesa que no se ha preocupado por averiguar las razones por las que lo conocen así. Esto implicaría que se trata de un personaje construido exclusivamente desde la mirada del otro, sin indagar en su autopercepción; es un sujeto que se desconoce a sí mismo, alguien que debe llenarse de sentidos para descubrirse. En este punto, la figura de Sancho se conecta con la crítica de Baltasar Fra-Molinero (1996) sobre la forma en que los imaginarios heredados de la esclavitud y la expansión colonial hispánica han construido la identidad racializada desde el lugar de la subordinación. Tal como Fra-Molinero sostiene al analizar las representaciones del negro en el teatro del Siglo de Oro español, el sujeto racializado, mestizo o afrodescendiente es situado simbólicamente en la ignorancia, la marginalidad y la falta de autodefinición. Sancho, desprovisto de conciencia sobre su propio nombre y atrapado en una narrativa que lo nombra desde afuera, encarna esa exclusión histórica en la que el "otro" solo existe a partir de los relatos dominantes, pero no desde su propio reconocimiento. De esta forma, Quijotes Negros actualiza y tensiona esos discursos coloniales al exponerlos grotescamente, obligando al espectador a confrontar las raíces profundas de las identidades impuestas y fragmentadas en Latinoamérica. De hecho, la propuesta del enano de ir a Quito para buscarle una esposa es la invitación a salir del aislamiento en el que vive para encontrarse e indagar sobre quién es y qué supone llamarse Sancho. Esto ahonda más en una profunda y necesaria reflexión en búsqueda de la reorganización y despolitizada mirada, del sentir, del ver, del que hacemos, para:

…la re-valorización de los “verdaderos” derechos que pertenecen a los in-visibilizados y al “pueblo de a pie”, construyendo desde nuestra frente, nuestra memoria, reconociendo, asumiendo y reflexionando el camino de nuestra rebeldía y la re-evolución, proceso que se ha desarrollado diacrónicamente y de dónde parten las preguntas de ¿Quién soy?, ¿Quiénes somos? (ANDRANGO, 2021, p. 28-29).

Un detalle que nos llama la atención es que Sancho desconozca el referente literario con el que comparte el nombre; ignora por completo la historia de El Quijote. Así pues, cualquier paralelismo con el escudero deberá hacerse, en primer momento, por parte del observador y, en segunda instancia, desde la mirada de los otros personajes, pues ellos tienen ese contexto que para él es completamente ajeno. La primera mención directa a Sancho Panza se da cuando la reina y la princesa de España deciden hablarle para reclamarle, diciendo que no merece llamarse Sancho, pues él fue un hombre bueno. Nuestro personaje no comprende y solo atina a preguntar quién es ese Sancho del que hablan y al que no se parece. ¿Qué implica este desconocimiento del referente literario y el hecho de que nunca llegue a saber de él? En este sentido, Elizeu Clementino de Souza (2015, p. 273) menciona que: “la memoria se inscribe como una construcción social y colectiva y se vincula a los aprendizajes y representaciones advenidos de la inserción del sujeto en sus diferentes grupos y dinámicas sociales”.

El carecer de este contexto podría suponer libertad, pues al no tener preconceptos, no tiene que ajustarse a nada: puede ser simplemente él, un individuo que se construye desde sus subjetividades. Por otra parte, quienes tenemos el referente literario comparamos a ambos personajes, tratamos de incularlos de algún modo, buscamos semejanzas o diferencias en ellos. Es como si el nombre obligara al sujeto a ajustarse a él. Entonces, ¿quién es el Sancho de este filme? Un hombre gordo, primitivo e ingenuo que secuestra a dos mujeres de las que se enamora sin conocerlas, y con las que pretende casarse. Se opone al personaje cervantino, pues no es práctico ni locuaz, sino soñador y reservado; tampoco tiene mucho sentido común. De hecho, no se preocupa por entender el mundo: para eso tiene al enano que lo acompaña. Se parece, eso sí, en la simpleza, en ser un hombre de campo. De algún modo, es como si Sancho encarnara al latinoamericano, ese Calibán del que nos habla Fernández Retamar (1971), que no mira desde el eurocentrismo: es ese otro sufrido y explotado que se rebela ante la dominación.

En contraste a Sancho, aparece un personaje que se presenta a sí mismo como Don Quijote, aunque este tampoco calza con la expectativa de la mirada eurocéntrica. Su armadura está hecha de chatarra: en ella confluyen tapas de ollas, sartenes, un pedazo de una placa de auto en la que se lee Ecuador y hasta un cangrejo; a modo de yelmo, usa un balde viejo atado con cuerda a su cuello, y su escudo es una jaula en la que lleva un loro. Además de esta pintoresca indumentaria, es afrodescendiente.

Cuando ambos personajes se conocen, el Quijote entiende inmediatamente lo inverosímil de la situación que los une y lo ilógico de encontrarse así con un Sancho, y ríe a carcajadas. Pero este último, una vez más, no tiene el contexto, y en esta ocasión, esto no solo implica carecer del referente, sino además desconocer al otro o lo que representa, así como también el impacto que tiene en la construcción de su propia identidad marginal.

En este aspecto, ambos personajes se oponen, pues mientras Sancho fue llamado así, Don Quijote eligió ese nombre y decidió convertirse en él. Lo que implica renunciar a su ser e identidad para adoptar el imaginario de un personaje: transformarse, aun sabiendo que nunca podrá lograrlo por completo.

La escena en la que se encuentran Sancho y el Quijote presenta un guiño al observador, pues la toma se hace desde el reflejo en el espejo, con lo que tenemos otra capa de ficción que se suma a las existentes. La imagen, la representación y la identidad constituyen ese espacio en el que nos vemos, aunque no siempre nos reconozcamos: se trata de una construcción poblada de subjetividades, en la que confluyen el cómo nos ven, pero también cómo nos autopercibimos. No se trata de una realidad, ni de algo fijo; Mulvey reflexiona al respecto y sostiene que:

[…] Resulta importante el hecho de que sea una imagen la que constituye la matriz de lo imaginario, del reconocimiento/reconocimiento erróneo y de la identificación y, en consecuencia, de la primera articulación del “yo”, de la subjetividad. Se trata de un momento en el que una previa fascinación por la mirada (dirigida al rostro materno, por poner un ejemplo obvio) colisiona con los primeros indicios de autoconsciencia. De ahí que el nacimiento de la relación amor/odio entre imagen y autoimagen haya encontrado tal intensidad expresiva en las películas y tal reconocimiento gozoso entre el público. (MULVEY, 2001, p.369)

El recurso de la reproducción de la ficción se utilizará en otras ocasiones en el filme. En todas ellas hallamos al Quijote y a Sancho como protagonistas, desencontrados, luchando por cuál de ellos podrá quedarse con las mujeres. De hecho, luego de que el primer duelo, en el que ambos personajes se enfrentaron a golpes —cada uno con un guante de box— fracasara y terminara en empate, Sancho sugiere al enano un nuevo reto, que esta vez consiste en encontrar un objeto. Es precisamente el espejo de la casa el elemento que se decide esconder.

Cuando Sancho descuelga el espejo para entregárselo al enano, ni siquiera se mira en el reflejo: es como si fuera incapaz de verse a sí mismo. Siguiendo a Mulvey (2001), el no mirarse implicaría una incomodidad ante lo que se refleja, y esa sería la función del cine de ficción del distanciamiento: generar una ruptura, no ajustarse a las expectativas, posibilitar nuevas narrativas. En este sentido, señala que:

[…] Es preciso atacar la satisfacción y la potenciación del yo característicos de la historia cinematográfica hasta hoy; pero no para reconstruir un nuevo placer, que no puede existir en abstracto, o un placer intelectualizado, sino con el objeto de abrir camino a una negación total del sosiego y la plenitud del cine narrativo de ficción. La alternativa es la emoción que proviene de dejar atrás el pasado sin rechazarlo, trascendiendo formas obsoletas o restrictivas, o atreviéndonos a romper con las expectativas placenteras normales, a fin de concebir un nuevo lenguaje del deseo. (MULVEY, 2001, pp. 366-367).

También resulta interesante el hecho de que las mujeres que llaman la atención de Sancho sean precisamente las extranjeras, pues, aunque en la iglesia ve a varias muchachas, no le atraen, tal vez porque le resultan semejantes. En cambio, las dos mujeres que elige son rubias, de ojos claros, llevan ropa colorida, un modelo alejado al estereotipo del mestizo ecuatoriano.

Y aunque para Sancho sea solo admiración ante lo distinto aquello que despierta su atracción y amor, para el enano la perspectiva cambia al enterarse de que se trata de la reina y la princesa de España, porque aquello implica la posibilidad de subvertir el poder. Así que decide sacar provecho y pedir un rescate, y para ello hace alusión a todo el oro que fue robado por los conquistadores españoles al Reino de Quito.

No se trataría entonces de un pago de rescate como tal, sino que resultaría un acto de justicia y reivindicación que se fundamenta en la memoria histórica y busca reparar una injusticia estructural, pues lo que exige es la restitución de lo que España había robado. Sobre esta postura de los personajes y su materialidad, Nichols menciona:

Es posible que nuestro acceso a la realidad histórica no tenga lugar únicamente a través de representaciones, y en ocasiones estas representaciones pueden parecer más dispuestas a morderse su propia cola que capaces de garantizar la autenticidad de aquello a lo que hacen referencia. Ninguna de estas condiciones, sin embargo, excluye la persistencia de la historia como una realidad con la que tenemos que vérnoslas. (NICHOLS, 1997, p. 36).

El enano genera entonces la posibilidad de reorganizar el hecho histórico, trae a la memoria el saqueo de la Conquista, el modo en el que nos ha sido narrado, el discurso que se ha construido en la memoria del pueblo y el tiempo que hemos cargado con él a cuestas. La diferencia es que, en este instante, es él, un mestizo marginado e invisibilizado, quien tiene el poder de la autoridad y del Estado, lo que nos permitiría reflexionar que:

[... ] Una de las consideraciones sobre el trabajo de memoria, hay que referirse la retórica oficial sobre la muerte, la impunidad intentó e intenta “hacer desaparecer” las huellas en un relato unívoco que se impone a través del miedo, la manipulación y la imposición de un discurso de “poder” organizado desde la lógica de “ordenar” los hechos. ¿Cómo y quiénes construiremos otros relatos de los hechos?, pues la memoria siempre ha estado abierta a la dialéctica que descompone a cualquier discurso hegemónico que rompa con los estereotipos y los prejuicios de un sistema dominante, que intercede violentamente la mirada a través de los discursos moralizadores y conservadores que mantienen en vilo a todos los actores sociales e intentan desaparecer o al menos dominar a la memoria colectiva del pueblo (ANDRANGO, 2021, p.124).

Volvamos un poco sobre la figura de Don Quijote que presenta el filme de Burbano, pero esta vez desde la perspectiva de los personajes de la reina y la princesa de España. Desde su lectura y construcción, este Quijote plantea un doble sinsentido porque no calza con el estereotipo de caballero que la narrativa oficial perfila, ya que, aunque el Quijote cervantino ha perdido la cordura, no deja de ser un caballero. En cambio, en este hombre ataviado con basura, ellas no ven esos valores moralmente y colonialmente construidos. Por otra parte, tampoco lo sienten como justiciero, aunque reconocen en él cierta sutileza que no encuentran en absoluto en Sancho; a lo mejor, por lo que don Quijote pretende ser, por el modelo que quiere seguir. Precisamente, esta representación distorsionada y marginal del Quijote que plantea Burbano dialoga con lo que Aníbal Quijano (2003) expone en Don Quijote y los molinos de viento en América Latina, al señalar que el personaje de Cervantes, resignificado en la región, encarna la lucha contradictoria de quienes, en Latinoamérica, buscan construirse desde los símbolos impuestos por la colonialidad, pero inevitablemente se enfrentan a sus propios límites y exclusiones. En esa clave, el Quijote negro, armado con desechos y con un cuerpo racializado que rompe los patrones eurocéntricos, representa el espejo deformado que la colonialidad ha dejado como herencia, donde los sujetos subalternizados se ven obligados a pelear contra los fantasmas heredados, a reinventar identidades y a disputar los imaginarios. Así, como plantea Quijano, este Quijote latinoamericano es la encarnación de la tensión entre la imposición colonial y la resistencia simbólica, donde los márgenes se convierten en espacios de relectura y disputa identitaria.

Desde esta mirada colonizadora se nos plantea cómo podría o debería ser el cuerpo, el pensamiento y las dinámicas sociales que han involucrado, además de nuestras formas de actuar, cómo desde el poder del Estado y la mirada hegemónica quieren que seamos frente a esa mirada de superioridad. Es por ello que a las mujeres les sorprende que aparezca un Quijote, pero, sobre todo, el hecho de que sea negro, con un atuendo que es reciclado, pero también “obsoleto” bajo una mirada dialéctica de lo que sirve o no sirve; por tanto, de lo desechable, tal como se ven y se dividen las clases sociales desde las miradas de quienes ostentan el poder.

La llegada del Quijote genera un conflicto; la transformación de la mirada del “poder ver” hacia el “ver como poder” nos invita a reflexionar sobre el rol de la imagen histórica y lo que no hemos sido aún capaces de descifrar para comprender no solo lo que vemos, sino la retórica y el mensaje por detrás que alinea a la sociedad de lo aceptable, o caer en el voyeurismo de lo estéticamente aceptable, deslegitimando el proceso bajo estos preceptos, así como también del tiempo y espacio como una relación geográfica, social y política de la autorepresentación en la imagen, un cruce de miradas: cómo los vemos, cómo nos ven y cómo nos vemos, y con ello: ¿qué queremos ser?

Siguiendo esta línea de pensamiento, la voz modulada, recitada, casi falsa, reproduce formas que le son ajenas. Evidencia, de algún modo, un querer ser, un pretender; a lo mejor, un recurso para ocultar la inseguridad y buscar validación. Tomemos en cuenta que el Quijote del filme decide tomar esa identidad tras encontrar entre la basura un ejemplar del Don Quijote de la Mancha, pero no se trata de una edición completa, sino de una de Ariel Juvenil, adaptación ilustrada y simplificada para primeros lectores; esa es su llegada al personaje. A pesar de ello, es el único personaje que sobrevive y el que más se acerca al canon europeo en su pretensión de ser el sujeto socialmente aceptado. Laville señala que: “Los valores de uso son determinantes, el grupo procura la forma de asegurar su supervivencia y de afirmar su identidad” (LAVILLE, 2016, p. 10). En este sentido, tendríamos que pensar en qué es aquello que como sociedad acogemos y reconocemos como elemento constitutivo de nuestra identidad colectiva.

4. A modo de cierre:

El filme de Burbano ofrece una excusa para profundizar la reflexión sobre los procesos de construcción identitaria. No solo como sujetos individuales, sino también como colectivo, tanto a nivel local, como ecuatorianos, como global, como latinoamericanos, pues nuestro tejido histórico comparte múltiples fibras que nos constituyen. El hecho de que los personajes que protagonizan el filme sean marginales, periféricos, y que a su vez se llamen como las figuras emblemáticas sobre las que se erige la cultura española nos habla de una reinvención de la historia, una actualización de la memoria y de un desplazamiento del centro.

Esta película se convierte en un espacio para repensar nuestra historia y nuestra memoria, cuestionando el peso de las narrativas dominantes, y nos lleva a indagar por qué queremos identificarnos con el otro sin antes comprender la historia y el bagaje cultural que poseemos como sociedad ecuatoriana y latinoamericana. Esto permea en ámbitos sociales, culturales y políticos, en los que debería permitirnos una reorganización social que nos posibilite reconstruir la identidad según los diferentes tránsitos que las subjetividades tomen.

Finalmente, Quijotes negros, desde su atmósfera y exceso, nos invita a repensar las dimensiones de la ficción y el cine como esa posibilidad de explorarnos. Nos habla de la identidad como un viaje paralelo hacia adentro y hacia afuera, como una dialéctica de la mirada entre cómo nos vemos, cómo queremos ser vistos y cómo nos ven, pero en la que ninguna lectura desdice a la otra, a pesar de que se opongan, pues esa contradicción les resulta constitutiva. El mestizaje forzado, las figuras marginadas y la ruptura con los estereotipos tradicionales sirven como recursos para desentrañar las tensiones entre lo local y lo global, entre lo propio y lo ajeno.


 Publicado en la revista "ANACONDA, cultura y arte"

“BATALLA EN EL CIELO”

 Hoy por la tarde, una de sol ardiente, con vista a un cielo azul interminable y con su trazo al porvenir extrañamente firme, observé algunas películas de producción reciente. Entre ellas, llamó especialmente mi atención “Batalla en el Cielo”, largometraje del director mexicano Carlos Reygadas. No sé si fue por la relación cielo–cielo (el del título y el de la tarde) que me sentí particularmente inclinado a escribir sobre esta obra. Las horas vespertinas hoy tenían una expresión metafísica, de grandes ángulos, a veces alterados por el paso de algún transeúnte, o acrecentados en todos los sentidos por la bocina de algún carro. Otra coincidencia: este ambiente también se halla, a su modo, registrado en la película. Pero veamos la sinopsis que esta ofrece: “Marcos (Marcos Hernández), un chofer mestizo que trabaja para un General, secuestra con la ayuda de su mujer a un bebé que, desgraciadamente muere de manera accidental. Marcos demuestra ser más frágil de lo que se esperaba y empieza a derrumbarse. Confiesa lo que ha hecho a Ana (Anapola Mushkadiz), la hija de su otro jefe, una chica que se prostituye por placer. Ana y la mujer de Marcos intentan, cada una por su lado, ayudarlo, pero es inútil, ya es demasiado tarde. Marcos se hunde en el abismo y arrastra con él a Ana durante un extraño peregrinaje a la basílica de Guadalupe”.

Los ambientes con que se arma esta sinopsis ofrecen una rara sordidez, una libertad de dos cabezas, un vacío en continua expansión. Hay otros aspectos en la obra, como una ansiedad sexual sin norte y sensaciones de aislamiento en mitad de la muchedumbre. Es decir, se ofrece al público un dibujo de matices del hecho de ser, desde la base. No es habitual encontrarse en el mundo del celuloide con una imagen de lo humano trazada con hondura, que logre vaciar en la pantalla parte de la significación del hombre en su desolación… Desvelemos a los lectores más inquietos cómo se resuelve, escenográficamente hablando, esta representación y tomemos como punto de partida una escena. Marcos va en el auto con Ana, la hija de su jefe, avanzando por calles orladas de árboles cuyas sombras se proyectan en el camino, es decir que cobijan en un mismo sitio a dos seres tan distantes: chofer y jefa. Así de profundo es el aislamiento de Marcos. Requiere de un cuerpo inasible a la mano, como la sombra, para que el cobijo con la muchacha sea posible… Cuando el auto se detiene, pasan por delante otros, a gran velocidad, a ritmo diferente, como una expresión de esa vida distinta, de esa cotidianidad que a Marcos no le pertenece. Vemos entonces, que los personajes se hallan calibrados de tal manera que no pueden hacer suya la única dimensión otorgada a lo humano: el espacio tiempo. Observemos ahora cómo se nos muestra la soledad. Luego de dejar a Ana, Marcos llena el tanque. En la gasolinera se escucha una música de gran belleza que nada tiene que ver con el universo emocional de él (ha raptado un bebé que se le ha muerto). La música se convierte para Marcos, en la tabla de salvación que se ansía en circunstancias trágicas: lo indebido ha devenido en puente hacia la totalidad. En “Batalla en el Cielo” el tratamiento del sexo también desborda lo convencional; por una parte, está el que mantiene Marcos con su propia mujer, que es obesa y de músculos caídos. Él, asimismo, es barrigón y fofo. La relación sexual entre ambos se desarrolla en un ambiente de complicidad para con sus cuerpos: el cuarto es apartado y feo. Existe también un acercamiento sexual entre Marcos y Ana. El cuerpo de ella contrasta fuertemente con el de él, ya que es de rasgo fino y agradable. La relación se desarrolla en un sitio con una ventana amplia, para que la cámara, partiendo de la imagen de los cuerpos desnudos, salga y se una al espacio exterior: el cielo, los árboles. A lo aceptado comúnmente como bello. La vida se encuentra empaquetando el suceso de esta habitación, de otra manera. La idea de lo bonito, representado en la muchacha, es el regalo que todos queremos. La unión de la imagen con el movimiento de cámara, equivalen a la conciencia colectiva masculina… También puede hablarse de la libertad, desde la representación sexual. La relación entre Marcos y Ana supone una ruptura de la línea divisoria de clases y por añadidura, una eliminación de prejuicios. La libertad generada es doble: el que no haya un compromiso serio entre Marcos y Ana, supone la segunda libertad. La ruptura de prejuicios, la primera. Dicho de otra manera, tenemos nuevamente a los personajes creando atmósferas absolutas. Hay una tercera libertad, pero sin connotación sexual. Es la que ofrece la presencia de la naturaleza, compuesta por cielo y verdor. Ante esta, ante la expresión de la libertad en su estado más básico y directo, puede solamente Marcos tomar la decisión mayor: entregarse a la justicia.

Por tanto, el filme ofrece lecturas que van más allá de la apariencia escénica. La película adquiere entonces, el carácter de tridimensional, que supera la habitual bi-dimensión del cine: la imagen y el movimiento en una única relación horizontal. En algunos países se busca insistentemente desde la especulación tecnológica, crear una nueva dimensión en el séptimo arte. Mas la profundidad del cine no debe caber solamente en lo «físico».

Un comentario especial requiere la felación con que se abre y cierra esta película. Al inicio, Ana la realiza mecánicamente, denotando resignación y suelta una lágrima, mientras Marcos recibe impávido la caricia. El director dice al respecto: “tenía ganas de empezar la película con la toma de un rostro (el de Marco), el reflejo de nuestro ser interior, la representación más directa del individuo. A partir de ahí empezar a ampliar el plano y desvelar a un hombre y una mujer como si representaran a toda la humanidad.” ¿Será, me pregunto, que durante la segunda felación, al cierre de la película, Ana sonríe debido al arrepentimiento que se produjo en Marco por el secuestro del bebé? ¿Que esta felación es una representación de los relieves que adquiere la vida?

En cuanto al aspecto estrictamente figurativo del lenguaje cinematográfico, debo realizar algunos señalamientos. La actuación: Marco durante toda la obra se halla tenso y como ausente de los sucesos. Preocupado y distante a la vez. Puede que esa actitud plana se constituya en uno de los elementos que realza al filme, evitando tener contrastes con otros parajes emotivos a fin de acentuar la condena existencial de su personaje. La cámara tiene movimientos interesantes, subordinados al desarrollo de la historia, aunque desde lo estrictamente conceptual la fotografía no resulte admirable. Ello permite que el peso visual recaiga en las atmósferas: están construidas con las pulsaciones de los protagonistas, entiéndase silencios, esperas, movimientos y acciones pesados y sórdidos. Es decir, que el peso visual se construye desde el trabajo de la dirección pura y no desde la fotografía.

El rapto del bebé y que Ana, la joven rica, se prostituya por placer, resultan únicamente acciones útiles para contextualizar en el tiempo la idea de lo trágico. La caída de Marco y Ana proviene verdaderamente por efecto de la relación con el Uno-mismo, es decir, su desgaste se produce por el hecho de existir con las limitaciones con que la naturaleza los dotó y que los inmoviliza; posiblemente los personajes hubieran trastabillado hasta caer, en cualquier otra actividad emprendida.

El corolario de esta obra podría ser similar al de muchos de los seres que transitan por una noche como la de ahora y que veo desde mi ventana. Allá van, la mujer de Marcos y Ana. Camina el General, que resultó ser el padre del bebé raptado, a comprar el pan. Marcos avanza de rodillas, buscando la redención en un acto desbordado de fe. Muy cerca o muy lejos una campana enorme es girada repetidamente por tres hombres, que luchando contra la lluvia parecieran buscar un sonido que sea capaz de ayudar a Marcos a sostener su marcha.