miércoles, 6 de mayo de 2020

DEL CINE EN LAS ESTEPAS DEL TIEMPO


Escrito por invitación de la revista 25 Watts (No 8) de la Cinemateca Nacional del Ecuador.


Recuerdo el invierno esparciendo su aliento en forma de nieve: edificios, calles y autos parecían hechos de un solo trazo. Albo. Inmenso. Uniforme. Los sonidos se manifestaban a través de relieves distintos y prolongaciones variadas. Inevitable no relacionar este paraje con la pantalla de un cine. Fija, palpitando en silencio a la espera de recibir al menos una imagen. Yo estudiaba en Moscú, que no  dejaba de ampliar mi percepción al ritmo despacioso de sus texturas y matices. Acaso la siguiente primavera fue unas butacas alineadas frente a la enorme pantalla en blanco del inicio. El verano, la antesala, a fin de esperar calmos y paseándonos la película que ahí se proyectaría y que la existencia elaboraba a partir de su cadencia. Mi escuela se encontraba en la calle Vilgelma Pika, 3, con algunas salas de proyección pero ninguna pantalla como la mencionada al principio, tan natural, diáfana e inmensa, donde mi imaginación empezaba a esbozar situaciones desde la observación de los transeúntes con su composición carnal y metafísica: gestos, pesares, colores que transportaban de algún modo alegrías, eran conducidos hacia aquella blancura ansiosa. Ese no conocerse entre ellos y mis soledades -tanto las vertidas como las que contuve- perfilaban los diálogos de los personajes de esas películas hipotéticas. Así era mi aprendizaje del séptimo arte. ¡El ser humano, volcado en el vacío de una geografía e idioma extraños, transparentando lo más recóndito de sí! La naturaleza gritaba sus tonos como si estuviera de fiesta por la visita de alguien no esperado, yo. Puede ocurrir cuando se deja un lugar cotidiano: el nuevo sitio, por contraste con el anterior, aísla al individuo de la masificación permanente para dar paso a la posibilidad de palpar el vacío, fuente de lo conjetural. Desprovista de corazas, la gente iba trazando su estela por mi alma. De ahí que me fuese necesario liberar mi propia mirada cinematográfica a fin de encontrar resonancias entre los espectadores y dotar de un sentido luminoso lo captado. Interpretar la condición de lo humano fue mi escuela, ante el vacío que, según se descubre de a poco, está pletórico de singularidad. Entendí que la problemática social inscrita en cualquier territorio es siempre pasajera. Algunas se prolongan más en el tiempo pero luego todo queda desnudo de nuevo y permanece eso que es fundamental asir, desmenuzar, representar en el arte: la proximidad al latir ignoto que labra nuestra constitución. No aprendí a separar la existencia de la dinámica de la naturaleza, de los pliegues de sus formas, de la temperatura de sus tonos, de todo eso que configura el espacio-tiempo. Hallo prioritarias esas expresiones cuando alguien se dispone a retratar al individuo en su momento histórico, social y político. En la escuela casi todos mis profesores tenían una maestría universitaria porque el sistema educativo se diseñó de tal modo en ese país: al ser las carreras más prolongadas no existían licenciaturas. Transmitían teoría y lenguaje del cine cumpliendo tan estrictamente con el plan académico que a ratos me desesperaba. La categoría de masters no les produjo la necesidad de ensanchar el abanico de posibilidades expresivas en lo fílmico, sostenidas en gran medida por la costumbre. En realidad mi área de enseñanza estaba más allá. No obstante extraño la condensación de la espera caminando por sus pasillos o ante los ventanales que miraban hacia el tiempo empozado de los silencios largos. ¡Los futuros actores, editores y fotógrafos se formaban en cada clase a la distancia de un brazo extendido! Allí se instruyeron cineastas premiados en los festivales de Cannes, Venecia, Berlín, el Oscar. La mayoría, poseedores de una narrativa sin riesgo, se movían en las composiciones formales con gran maestría, tan distintos de otros ex alumnos como Andrei Tarkovsky, Alexander Sokurov, Kira Muratova y Serguéi Paradzhánov, cuya tonada adquirió un matiz especial ya con la práctica del oficio. El primero comentaba que al egresar no sabía cómo debe ser un lenguaje cinematográfico que libere a este arte de su "enclaustramiento". Paradzhánov dijo que sus primeras obras fueron configuraciones aptas para engrosar lo desechable. Pero de los maestros de mi establecimiento yo rescataba un aspecto: eran depositarios de un conocimiento clásico del arte adquirido por la experiencia humana en el discurrir de los siglos. De una suerte de destilación sobria de los conceptos que sabían transmitirnos. Esa característica los define ante mí como preservadores de una porción de la luz que los dota de cierto halo congregacional. Recuerdo la pena que me causó una de nuestras discusiones a propósito del tema del absurdo cuando es llevado al cine. No aceptaban mi guion donde un enano pretendía jugar baloncesto por correspondencia, lográndolo. Argumentaron que eso no era posible en la realidad de nadie, descalificando la fuerza de lo metafórico para representar imaginarios represados. Valoraban el absurdo europeo de Kafka, por mencionar un ejemplo, pero no el abastecido por la ironía que proviene de una geometría "incompleta" (el enano), diseñada por un alumno de una cultura -al fin y al cabo como todas- sostenida también desde la irracionalidad. O cuando quise que durante una puesta en escena el protagonista viviese en una casa sin paredes y que pese a ello dispusiera de ventanas. Había que ser explícitos en todo. Con poco espacio a lo interpretativo o a la generación de subtextos derivados de una matriz estética particular. Bueno que las cámaras de cine se encontraran al alcance de los estudiantes y que el coste de posproducción en fílmico no resultase tan alto: uno se daba modos para plasmar trabajos fuera de las directrices escolares.

Un tropel de emociones y deseos me trajo de vuelta al Ecuador para efectuar películas. Quería hacer de las consecuencias del fluir del tiempo un espectáculo. Tomar esencias de la tierra para que sean títulos de filmes o nombre propios. Pero mi traba mayor son los requerimientos económicos. Las estéticas que presento van a contrapié con las promovidas por el organismo estatal que en parte financia las realizaciones fílmicas. Ante la perspectiva de disponerme a reproducir esos testimonios cinematográficos, me resulta de mayor vitalidad proseguir con búsquedas permanentes de fondo y forma. Mi largometraje Quijotes negros ha obtenido cerca de veinte primeros lugares y nominaciones en festivales internacionales de cine aún no alineados con el establishment. Son de corte fantástico, underground o de fuerte independencia. Representó al país en los Premios Platino del Cine Iberoamericano de Ficción y en los Premios Forqué. Además recibió un premio como mejor película nacional. En ese gesto de intentar la hechura de un cine que refleje la dinámica interna de lo social y existencial, puede nacer una mirada transversal del arte que evite representarnos desde lo prosaico. Tal vez este sea uno de los paisajes de revelación fundamental donde cineastas y espectadores debamos ubicarnos. Y que coadyuven para esto algunas de las horas que transcurrieron en las aulas del antiguo, además de enorme, edificio de la calle Vilgelma Pika.